Tillie Walden es lo suficientemente joven como para ponerse a escribir con conocimiento de causa sobre ese momento de la adolescencia en que las niñas empiezan a convertirse en mujeres y como para sentirse capacitada y cómoda para ello. Lo que da miedo (del bueno) es que también lo es como para que nos asombre la madurez y la seguridad de sus obras, todas imbuidas de una habilidad narrativa, una lucidez descriptiva y una sensibilidad francamente sorprendentes. Ya nos dejó con las bocas abiertas y las pupilas dilatadas gracias a su Piruetas y ahora no se queda atrás con esta En un rayo de Sol que salta del ámbito del webcomic al de la novela gráfica.

A nivel argumental la cosa es tan poco concreta y tan evocadora de sensaciones como la propia etapa vital que retrata: la odisea galáctica de un grupo de mujeres en una suerte de empresa que se dedica a reparar ruinas por el espacio y (narrada en paralelo) la aventura cotidiana, lejos del universo, de una de las protagonistas, Mia, cuando cinco años antes vivía en un internado. Walden nunca aclara los antecedentes de esa situación, ni tampoco deja muy claros los motivos ni los objetivos de la sociedad que retrata, ubicada en un mundo en el que parecen no haber hombres y en el que las relaciones, sean del signo que sean, sólo se dan entre mujeres. Y eso es parte de la magia. Centrarse especialmente en las relaciones entre sus protagonistas (especialmente desarrollando el personaje de Mia) para hablar una vez más de temores, de responsabilidades, de la necesidad de ser comprendida y el deseo de compartir un camino lleno de sinsabores pero también de descubrimientos decisivos.

Pero el enorme valor de En un rayo de Sol no se circunscribe únicamente a su enfoque argumental. Porque también es un tebeo muy atractivo en sus planteamientos gráficos. Aun tener un trazo tosco y poco sofisticado, la autora domina el encuadre, la expresividad y el color. Lo cual supone una mejora gráfica espectacular respecto a Piruetas, que ya guardaba para sí interesantes usos del (minimalista) coloreado y del encuadre. Aquí, pese a usar una paleta limitada, Walden sabe hacer estallar ante los ojos del lector un abanico de emociones visuales que cristaliza en momentos tan preciosos como el deslumbrante sexto capítulo, cimentado en una narrativa  puramente visual, desprovista de texto.

Es sólo un ejemplo del talento que atesora esta obra mayor, creación de una autora de verdad relevante que crece ante nuestros ojos a cada paso que da.