Como a tantos otros estudios indie, a Supergiant Games les bastaron un par de títulos (Bastion y Transistor) para alcanzar no sólo la excelencia y el reconocimiento crítico sino también para labrarse una personalidad única, sólida y perfectamente reconocible. Pyre rompe un poco el esquema, pero sigue oliendo a Supergiant por los cuatro costados. Movimiento al mismo tiempo de salida hacia adelante y confirmación de todas sus virtudes, Pyre toma elementos estilísticos ya conocidos pero los pone al servicio de algo muy distinto al brawler isométrico, algo excitante y original, una especie de mezcla de aventura de texto, juego deportivo y RPG táctico. La cosa, por no complicarnos mucho la vida, se resumiría -y simplificaría tremendamente- de la siguiente manera: el jugador llega a un páramo en una tierra misteriosa y entabla relaciones con un grupo (empieza como trío) de parias. Pronto se encontrará con un sistema de Ritos, suerte de partidos deportivos místicos en los que cada equipo debe usar un orbe para apagarle al oponente una enorme llama. Entre Rito y Rito, la historia crece, se expande, toma caminos insospechados, quiebra y nos lleva (en una mecánica de movimiento casi minimalista) a lugares inimaginables. Pide al jugador que tome decisiones, que gestione las habilidades de sus compañeros, que cuide del inventario de objetos, materiales y bonificaciones. Que hable con los otros personajes e indague en sus vidas, en sus psiques y en sus circunstancias personales. Y es que Pyre es pura narrativa; la mecánica jugable ha sido reducida pero a cambio la desarrolladora ha cuidado infinitamente la historia, los personajes, el mundo que crea, la mitología que construye… Todo aquí es maravilloso, intrigante, memorable y con gran capacidad de permanecer en la memoria. También tremendamente bonito y, como comentaba, tan marcado en lo cosmético por el sello Supergiant: Logan Cunningham sigue aportando toneladas de personalidad con su voz maravillosa en off. Las partituras de Darren Korb añaden de nuevo atractivas texturas sonoras y el apartado artístico, como decía, brilla con la misma voluptuosidad colorista que sus dos precedentes. No debería entrar en el radar de absolutamente todo el mundo (por lo pronto sus toneladas de textos sólo pueden leerse en un inglés no precisamente para principiantes) pero con toda seguridad lo hará en el nuestro cuando echemos la vista atrás para repasar los indies más destacados de 2017.