Con tres álbumes previos publicados, sólo uno de ellos listado en All Music, la estrella de la diminuta Mitski Miyawaki parece que finalmente ha estallado en todo su esplendor entre la prensa y entendidos. De nacimiento japonesa, carácter nómada y asentada finalmente en Nueva York, la cantautora firma un Puberty 2 que la coloca en una envidiable posición dentro del panorama indie de 2106. Un tratado de rock vivo, melodramático y eufórico que podría significar una especie de segunda pubertad para la artista: el disco contiene varios momentos de esa sobredimensión emocional tan propia de la adolescencia. Y también sus revelaciones de autodescubrimiento. Y su euforia. Y su rabia. Solo que esta vez todo esto podría estar empezándose a mezclar con otro tipo de sentimientos ligados a la responsabilidad que conlleva tener la llegada de la vida adulta a la vuelta de la esquina. Y así de familiar y al mismo tiempo impredecible es un poco la música de Mitski, quien no teme adornar con suaves arreglos electrónicos ciertos temas para cambiar en otros a un pop de guitarras o a un grito punk sin dejarse nunca por el camino la cualidad etérea que desprende su voz, dulce y lánguida. Una voz personal que da solidez y unifica estéticamente lo que de otro modo podría haber parecido indecisión. Ni de coña, esta chica sabe muy bien qué se hace y es capaz de controlar y dosificar sus elementos al milímetro para construir canciones que hablan sobre los temas más socorridos del género (identidad, amor y desamor, tristeza, inseguridades) pero que nunca caen en clichés ni tópicos líricos. La épica emocional (desatada o de dormitorio), algunos escarceos bien llevados con el mainstream y una ocasional y muy bien recibida elegancia nocturna conforman un disco con poso, peso específico y alta capacidad de conexión con el oyente.