Sin prisas pero sin pausas prosigue la editorial Fulgencio Pimentel con la imprescindible publicación de una de las cumbres de… ¿de qué? La creación de Jim Woodring es un ente inclasificable que ya sólo responde a sus propias reglas. Y este quinto volumen editado en España de las desventuras de Frank se lee con la sensación de familiaridad que da el volver a un lugar conocido del que uno recuerda sus rincones. Claro, la cosa ya no sorprende, pero el universo febril y perturbador de esta especie de conejo gatuno de Disney sacado de lo que podrá ser un “Silly Symphonies” underground y lisérgico sigue cautivando. En este Poochytown volvemos a encontrarnos a personajes secundarios conocidos, rodeados de su habitual mutismo: la inquietante mascota Pupshaw, el hombre cerdo Manhog, el demonio Whim. Y obviamente pisamos una vez más un terreno blando y volátil, regado de ácido y poblado por una arquitectura psicodélica, habitado por una fauna y una flora bizarras y cambiantes, criaturas mutantes y sustancias orgánicas polimorfas. Ese Unifactor de paisajes maleables y atmósfera onírica que Woodring representa mediante su inconfundible trazo ondulado, siempre preciso, muy detallado y exquisitamente entintado.

Todo ello resulta ser un soporte gráfico arrebatador en su sentido de lo alucinatorio para un argumento sencillo pero potente: la aproximación desde un punto de vista frankiano a algo así como una historia de amistad. Y eso pasa por mutilaciones sin gore, fumadas explícitas, una fuerte carga de inquietante carnalidad sexual, un concepto desviado del binomio compasión/crueldad y, claro, muchísimo poder de sugerencia de la gestualidad y la palabra no escrita. Así que no, el quinto volumen de Frank ya no es nada nuevo, pero Jim Woodring y su “antropomorfo genérico” (en sus palabras) siguen estando en su salsa, y eso es algo que siempre hay que celebrar.