De entre todas las personalidades del mundo de la BD nacidas en el umbral del final de la pasada década con la presente la del francés Bastien Vivès destaca con poca discusión posible. Algo ha llovido desde que nos deslumbrara con su primera novela gráfica publicada en España, El gusto del cloro, y su camino ha estado tan sembrado de obras maestras como de ejercicios lúdicos (abiertamente) intrascendentes. Del primer grupo forma parte Polina, quizá su cumbre hasta el momento, un tebeo que aglutina todas sus virtudes y consigue resultar tan relevante como visualmente magnético, tan narrativamente afinado como emocionalmente sísmico.

Y eso que las herramientas usadas son sus habituales. Sutileza y contención en un ejercicio de enfoque sentimental que le permite contar una historia que podría caer en tremendismos dramáticos y sin embargo se mantiene firme en el peligroso filo de la verdad. La de una niña a quien su madre se ha empeñado en convertir en superestrella del ballet clásico ruso. La Polina del título, que vive una de esas infancias hipotecadas por las expectativas de sus adultos, entre los que se incluye Bojinski, un profesor estricto, recto y profundamente humano (para lo bueno y para lo malo) con el que ella estable una profunda y compleja relación de maestro y alumna.

Una que marcará los años venideros de Polina en su tránsito de la infancia a una juventud que se pretende normal, con sus inquietudes, miedos y alegrías más o menos convencionales, ese terreno en el que Vivès se siente tan cómodo y donde sabe desplegar todo su arsenal de recursos para reflejar una emotiva cotidianidad. Un ámbito en el que se mueve silencioso, calladamente intenso, sutil y moderado… pero que en realidad utiliza para violentar ese nuevo mundo descubierto por la protagonista, el de la adolescencia, contraponiéndolo al otro, al que conoce de antes. El de la rectitud y la disciplina casi marcial.

El trazo del francés, siempre inconfundible y personal, a menudo se ha mostrado más expresivo que puramente figurativo. En Polina, en blanco y negro con grises, combina la línea más fina con el manchurrón, el detalle con el esquematismo, con intención de extraer la esencia de cada escena, de cada plano, de cada gesto. Para con ello capturar con asombrosa fidelidad las expresiones, los sentimientos más delicados y, en especial, la plasticidad de los cuerpos en movimiento. Un trabajo alucinante de síntesis visual que se expande hasta alcanzar una riqueza expositiva a primera vista casi invisible. Hasta lograr una condición de inmarchitabilidad sólo reservada a las grandes obras.

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