Dados los resultados vistos hasta la fecha no podemos más que aplaudir cada vez que un director de cine salta al formato televisivo para volcar su imaginario en una ficción seriada. Vale, obviemos el caso de Woody Allen y su fofa Crisis in Six Scenes. Y puestos a rescatar cosas recientes, quedémonos con la extraordinaria El pequeño Quinquin de Bruno Dumont. Paolo Sorrentino va camino de alinearse con el francés antes que con el de Brooklyn: su The Young Pope pinta a éxito creativo brutal. Y es que el caudal expresivo que suele desplegar el autor de La gran belleza no podía haber encontrado mejor lugar donde posarse que en las interioridades (físicas y humanas) del Vaticano, donde opera uno de los pontífices más irreverentemente representados de la Historia. Un Lenny, aka Pío XIII, que ha llegado de Amércia para ponerlo todo patas arriba, y no necesariamente en el buen sentido. Interpretado por un deslumbrante Jude Law (ya le tocaba al inglés volver a encontrar un buen personaje) el Papa sorrentiniano es un tipo macarra, egocéntrico, maquiavélico, descreído y un bastante cabrón. Un hombre que se ha agenciado el puesto mitad para caciquear un poco en el ambiente eclesiástico, mitad para impartir una justicia que se diría menos divina que propia: la crisis de fe se muestra latente desde casi el primer minuto. Iconoclasta, atrevida, por momentos casi blasfema, la de Sorrentino es una propuesta que bordea la transgresión; una farsa eclesiástica muy propia del cine italiano -expertos ellos en montar del asunto papal un circo bufo, desde los tiempos de Fellini hasta Moretti– y que parece más interesada en las ambiciones, los trapicheos y las maniobras turbias que en la pura complacencia. Y por otro lado también es una propuesta de un rigor escénico brutal, propio del director, un ejercicio formal que bordea el manierismo pero siempre conserva su propia coherencia. Composiciones de plano hipercalculadas, tomas frontales organizadas en base a las simetrías, máximo cuidado en la iluminación y la expresividad del cromatismo, movimientos de cámara perfectamente coreografiados… Todo ello hace de The Young Pope un relato magnético y un espectáculo visual de primera magnitud. Por lo menos en los dos episodios que hemos podido ver hasta la fecha (y sin tener en cuenta la versión recortada de la serie entera que pudo verse en el pasado festival de Venecia): por lo pronto, sensaciones muy buenas en un arranque perfecto. Si el motor de la coña no pierde pistonada, esto puede ser un triunfo de los gordos.