Cuando todavía nos tiemblan los empastes tras la lectura carnívora de Los impunes tenemos nuevo texto de Richard Price para echarnos al sistema digestivo. Sólo que esta vez no es en forma de novela, o por lo menos no literaria. Price vuelve al terreno televisivo y lo hace recogiendo el testigo de la inglesa Criminal Justice para componer, bajo alianza motora con Steven Zaillian (quien dirige, coescribe y coproduce) una especie de revisión de aquella ahora en forma de coproducción británico-americana. Y esto efectivamente tiene hechuras de gran producto propio tanto de la BBC como de la HBO. Un policíaco/legal rotundo, seco, riguroso y sin concesiones. A partir de una premisa de manual (un joven de origen pakistaní es acusado, no sabemos si injustamente, del asesinato de una chica en el neoyorkino Upper West Side) Price construye otro de sus relatos turbulentos desplegados de manera calmada pero siempre tensionada, alerta. La historia se desarrollará a lo largo de ocho episodios, así que tendrá que verse todo lo que está por ofrecer y deberemos ir confirmando las perspectivas que nos plantea el piloto, pero con estos primeros ochenta minutos en mano se intuye que esto puede ser una obra mayor. Aquí se vislumbra la precisión clínica en la escritura dramática, en los procedimientos policiales y en la descripción social urbana casi costumbrista que caracteriza al autor y que ya vertió en The Wire. Su magistral descripción de esos personajes que parecen derrotados pero que siempre terminan sacando las fuerzas de Dios sabe dónde. Su visión humanista, alejada de clichés y empapada de sabiduría callejera, donde todos los personajes parecen escapar de su propia condición de personaje para actuar como seres tridimensionales, para conformar un ecosistema urbano que se siente real y humano. Su impresionante capacidad para entretejer diálogos que se pueden masticar y que son capaces de moldear el drama y el tempo de la acción con una facilidad asombrosa. Si todo eso cuadra -y lo hará- nos espera un retrato del sistema legal y judicial americano que puede alcanzar una altura de vértigo. Oh, y no conviene obviar a un Steven Zaillian que en su faceta de realizador confiere sobriedad escénica -un tanto impersonal, quizá- y da empaque a un piloto que, como decimos, puede ser la puerta de entrada a una nueva muestra de televisión robusta, visceral, comprometida y emocionante en casi todos los sentidos de la palabra.