De entrada The Deuce  podía acarrear consigo, a su pesar, una carga de malas vibraciones. Todo podía parecer en orden hasta que reflotaba en la memoria el fantasma amargo de Vinyl recordándonos que un puñado de nombres venerables (Martin Scorsese a la cabeza) y un marco contextual atractivo (la industria discográfica del Nueva York de los 70) no aseguraban el tiro del éxito creativo. Lo cierto es que Vinyl se torcía a medida que avanzaba, así que aún no estamos completamente a salvo con The Deuce, pero el hecho de que David Simon y George Pelecanos estén al volante ya es suficiente garantía como para lanzarse a la piscina y creer ciegamente en el proyecto. Y el piloto, hasta la fecha lo único que ha soltado HBO, lo ratifica. Casi hora y media de finísimo drama coral nos recuerda que si estamos aquí es por algo: porque podríamos llegar a interesarnos por los personajes. Simon siempre se ha acercado a los géneros de la ficción desde una perspectiva humanista en planteamientos que, manejados con otras manos, habrían sufrido aproximaciones mucho más sui generis: el drama social periférico en The Corner y Tremé, el policíaco en The Wire, el bélico en Generation Kill, el político en Show Me a Hero. En The Deuce, su patentado fuck the average viewer parece un tanto menos radical (las caras visibles del proyecto son tan reconocibles como las de James Franco y Maggie Gyllenhaal) pero, de nuevo, parece querer huir de los esquemas establecidos.

Y si sabemos que esta es una serie entorno al florecimiento de la industria del porno en los 70 en Nueva York es porque lo hemos leído en sus notas de prensa o su sinopsis oficial. No porque el piloto entre ya al trapo con el tema: de nuevo, esto es un producto Simon, donde las cosas se toman su tiempo exacto, respiran su oxigeno necesario, se molestan en colocar bien las piezas (y all the pieces matter) antes de empezar la partida. Donde la ficción se toma la molestia de tomar cuerpo y espesura, empezando a insinuar sus intenciones más que lanzándose en un ortopédico salto al vacío de narrativas atropelladas y giros constantes. Es sólo un piloto, la puerta de entrada a una temporada que se prevé poliédrica, pero es un piloto de una calidad formal altísima donde la fotografía, el montaje, la realización de Michelle MacLaren, tienen un gran calado cinematográfico, estilísticamente afín a los dramas urbanos rodados en la época. Y es el primer indicio de que podemos encontrarnos, una vez más, ante algo enorme: no sólo una serie de una tensión humana modélica sino también el retrato de un momento crítico, en el que el mundo parecía perder de golpe su inocencia y América decidía sacar de las turbulencias post-Vietnam y la oscuridad de la era Nixon el material ideal con el que empezar a construir su propia modernidad. Es sólo un piloto. ¿Estoy adelantándome demasiado? No es sólo un piloto, es el nuevo piloto de David Simon.