Guionista con una larga (y sólida) carrera a sus espaldas, el británico Steven Knight daba un doble salto hacia la realización cinematográfica en 2013 y caía de pie con una facilidad sorprendente: su Redención era una película interesante. Locke rozaba el notable. Sin embargo, su futuro como director parece haber vuelto a las brumas de lo desconocido, puesto que donde se siente realmente cómodo es en otros lares creativos: la ficción televisiva (de algunos de sus guiones recientes para cine mejor ni hablar). Y si hace tres temporadas armaba la a ratos notable Peaky Blinders, ahora se ha sacado de la manga -de la suya y de la de sus co-creadores, Tom Hardy y su padre Chips) esta Taboo. Un nuevo drama de época que obvia cualquier representación idealizada con intención de hundir una vez más sus pies en el barro y la mugre. En este caso se nos cuenta la historia de un hombre al que se daba por muerto y que regresa al Londres de 1814, tras el fallecimiento de su padre. El hombre, interpretado por el propio Tom Hardy, llega dispuesto a reclamar su herencia -la empresa de barcos de la familia- en un movimiento que choca de frente con los intereses de la Compañía Británica de las Indias Orientales. Una premisa con posibilidades y serias ramificaciones políticas situada en un contexto más hostil aún. Taboo es una serie sofisticada pero que parece recorrida por ciertos impulsos primitivos, de un esteticismo bruto (de hecho en sus primeros minutos la presencia de Hardy y la cualidad telúrica de las imágenes nos transportan de una patada hacia El renacido). Empeñada en que casi cada encuadre sea un frame para enmarcar, visualmente cuidada al detalle, basada en una recreación esmeradísima y una atmósfera opresiva, oscura, la de un Londres más sucio y hostil que Deadwood. En otras palabras, un producto muy serio, muy severo y sin una pizca de humor o de distensión. Pero tampoco de acción ni sentido de la aventura. Es esta una serie tan excesiva en lo formal como contenida en lo narrativo. Un equilibrio difícil que, por el momento, parece bien mesurado y que se se refleja también en un Hardy que parece haberse confeccionado su papel a medida: primitivo y animal pero con espacio para la tortura interna. Visceral pero taciturno.

El piloto es, en definitiva, solvente. Suena a ya visto pero es sólido y poderoso. Y ya a saber. En adelante, y a lo largo de los siete capítulos que le quedan a Taboo le puede pasar de todo. Puede devenir en un cargante drama pretencioso y engolado… pero también en un duro thriller, fascinante y arrebatador. Dependerá del pulso narrativo de Knight y compañía… pero por lo pronto la atención ya se la tienen ganada.