Había curiosidad y ganas por ver cómo iba a resetearse una saga tan popular como la que iniciara Gene Roddenberry en los 60, tras unos últimos años decididamente críticos para el trekkismo. Y es que desde que Star Trek: Enterprise echara el cierre en 2005 han ocurrido en el ruedo galáctico varios eventos de interés. Por un lado las space operas con forma de saga de largo recorrido han alcanzado una cierta mayoría de edad: Battlestar Galactica o Mass Effect han abordado cuestiones políticas, morales, sociales y religiosas con una finura extraordinaria, marcando un nuevo paradigma en la manera de abordar un género que siempre es más relevante cuando refleja la época en la que vivimos. Por otro lado la propia Star Trek encontraba un reboot cinematográfico que recibía el beneplácito del fan y un cierto mimo crítico y, a su manera, también plantaba una cierta duda: ¿era la de Abrams la única vía para continuar con el legado trekkie en una época marcada por el comentario metareferencial y el chascarrillo postmoderno?
Star Trek: Discovery responde “no” a semejante pregunta. Se separa muy conscientemente de sus precedentes fílmicos, pero al mismo tiempo intenta fortalecer su discurso formal con un aire marcadamente cinematográfico, incluso ligeramente crepuscular. Es lo primero que sorprende: la factura es notable. Y sí, sigue conservando -conscientemente o a su pesar- un tono camp y un inevitable tufo horterilla. Pero sabe disimularlo bien bajo su carcasa más o menos lujosa, líquida y digital. Con Bryan Fuller asesorando -por lo menos en este inicio de la serie- y con Alex Kurtzman aportando profesionalidad la cosa tenía que ser por lo menos solvente y atractiva. Y sí, este doble piloto, cuanto menos, aguanta. Y también ofrece novedades interesantes, como una aproximación más oscura al lore klingon y una protagonista femenina cargada de claroscuros y espesura ética. Mientras que por lo demás, vuelve a tocar algunos de los temas más explorados en la saga: el choque cultural y la convivencia entre especies, la moralidad de las acciones de guerra preventivas, el cuestionamiento de las cadenas de mando, la amistad y el respeto…
Quizá con una realización más rica y menos vulgar (empeñada en violentar en todo momento el eje vertical de la cámara) estaríamos hablando de un piloto imprescindible. Lamentablemente no es así. Pero, con todo, el resultado son noventa minutos de aventura espacial sólida y entretenida que tiene el look, la actitud y el sense of wonder. Un inicio más que decente para una serie con números para convetirse entretenimiento resultón de la temporada y en un nuevo y dignísimo capítulo del legado de Roddenberry.