Lo primero y más interesante que se puede decir de Legion -por lo menos de su piloto- es que busca con ahínco desmarcarse de las tendencias genéricas del género superheroico televisivo actual. Y que lo logra. En su momento Netflix aportaba una visión más dura y contundente que la que aportaban los productos de CW o NBC. Pero de algún modo eso ya es cánon. Ahora FX confía en Noah Hawley, a quien cada noche pone a dormir entre algodones gracias a la unanimidad crítica que despierta Fargo, y logra con ello un producto distinguible, de mayor envergadura autoral y, si se quiere, más interesantes resultados. La cosa gira entorno al universo mutante de Marvel, pero lo cierto es que, por el momento, eso parece importar poco. Más allá del hecho obvio de que sus protagonistas son tipos-X con poderes. Adolescentes encerrados en un manicomio, para más señas. Bueno, o no. O sí. Legion juega sin pudor a la confusión. A las capas narrativas, al engaño y al twist. Es una serie que gira entorno (y manipula) los recuerdos, las apariencias, que teje una narrativa caótica -que no descontrolada-, acorde con su protagonista esquizofrénico. Lo que le supone una voluntad constante de sorprender, de volarle la mente al espectador, un modus operandi que toma algunos préstamos del Origen de Nolan y que a ratos parece una acumulación de esas (pocas e impresionantes) escenas que sobresalían de la mediocridad general en las dos últimas X-Men de Bryan Singer.

Porque esa es otra de las virtudes irreprochables de Legion. Su firme voluntad cinematográfica en el planteamiento de sus formas. Aquí no hay ningún plano ni ningún encuadre dejados al azar. La puesta en escena es exquisita, cuidada al milímetro, rica en sugerencias. La fotografía narra con sus luces y con sus colores. El montaje es milimétrico. Está, en general, llena de detalles de buen gusto, tanto en su estética como en la caracterización de los personajes. ¿Demasiado perfecto? Lo cierto es que Hawley se esfuerza mucho -¿quizá en exceso?- en parecer cool, en ser el más guay del universo mutante. Y a ratos sobrevuela la amenaza de esa pretenciosidad que entumecían las primera temporada de Fargo. Pero ojo, la clave es que de verdad consigue ser cool. Y termina salvando los trastos porque su constante voluntad de epatar con cada plano, cada encuadre, cada elección de colores y cada efecto especial vuelamentes tienen un reverso lúdico, un espíritu juguetón. Legion es puro entretenimiento sofisticado y -un pelín- perverso, y cuando podría ponerse demasiado pretenciosa se arranca con cualquier parida surrealista o con cualquier interpretación salida de madre -un casting cuidadísimo hay aquí-. Así que la duda es la de siempre, pero en este caso corroe especialmente: ¿más allá de esta primera hora y pico de historia, conservará su capacidad de estímulo constante o caerá en la repetitiva abulia formal que suele lastrar otras series de superhéroes? Y suponiendo que no será así, ¿logrará aguantar este desmadre dentro de unos límites del control o se convertirá en una sucesión de chifladuras sin ton ni son? El resto de temporada dirá. De momento, nos tienen.