¿Qué hubiera sido del Hollywood clásico si detrás de toda aquella purpurina no hubieran habido enemistades, rencillas y turbiedades interpersonales de las de sacarse los ojos, alimentando el motor visceral de una maquinaria destinada a fabricar estrellas de alcance planetario? Que le pregunten a Kenneth Anger, que buena constancia dejó de todo aquello en su loquísimo díptico babilónico. Y aunque historias mucho más escabrosas se vieron bajo la vigilancia del célebre cartel de las letras blancas, pocas han sido celebradas a lo largo de los años como la viciada relación entre Joan Crawford y Bette Davis. A Ryan Murphy, que le gusta el glitter tanto como la decadencia, le debió parecer un caramelo irrenunciable centrar su último artefacto glam -nueva antología al canto- en el choque de trenes que supuso el encuentro de dos de las mayores actrices que ha dado América en toda su historia. Una relación de dependencia/ausencia que se fue gestando a lo largo de los años, fue macerando su bilis a través de los éxitos ajenos (el Oscar por Alma en suplicio de una, el culmen interpretativo que le supuso Eva al desnudo a la otra) y cristalizó en una especie de épico encuentro de ambas en pantalla, la explosiva ¿Qué fue de Baby Jane? El piloto de Feud se centra en eso, en cómo llegan a comprometerse con semejante proyecto -a la postre uno de los mejores dramas negros jamás rodados- tras esos años de cocción del odio a fuego lento.

Murphy -y sus cocreadores Jaffe Cohen y Michael Zam– se centra pues en ese momento en que la era dorada de Hollywood no puede si no empezar a agachar su hasta el momento orgullosa cabezota. Principios de los 60. Las cosas cambiaban, la televisión empezaba a dar por saco de verdad y Warner, muy de capa caída tras varios fracasos, necesitaba de un éxito. Sobrará decir que a poco que la cosa estuviera bien llevada (y lo está, con un Murphy-realizador siempre tan sobrado de recursos tras la cámara) esto podía convertirse en una bomba de relojería para cinéfilos. Está por ver si la cosa sostiene su mala leche, pero por lo pronto esto es un festival. Un aparatejo de mitomanía un poco chiflada y otro poco rigurosa por donde desfilan -en calidad de personajes- Olivia de Havilland, Marilyn Monroe, Robert Aldrich, Jack Warner o la temida (y material 100% Murphy) Hedda Hopper. Un objeto estudiadamente contradictorio, reflejo de la relación de sus protagonistas, egomaníacas, obsesivas, marcadas por el odio y el respeto, la repulsión y la mutua necesidad, conducido todo por un venenoso sistema de oneliners y frases con retranca. Una serie que presenta una reconstrucción de la época esmerada pero que no renuncia a una visión idealizada. Que se pone sensible -empática más bien- y de repente resulta socarrona. Que está a medio camino del glamour y una decadencia algo irónica, marcada también por la propia caracterización de sus protagonsitas. Y que, por lo demás, es todo detalles de buen gusto que empiezan en esos créditos, homenaje por la directa a Saul Bass, y llegan a un maravilloso clímax permanente gracias a la interpretación de dos actrices en estado de gracia: Jessica Lange y, muy especialmente, Susan Sarandon.

Sí, si es cierto que feuds are never about hate, feuds are about pain, esto puede acabar como el rosario de la aurora.