Todo son nombres llamativos en la alineación primera de la nueva miniserie de HBO. Al protagonismo coral de Nicole Kidman, Reese Witherspoon, Shailene Woodley, Laura Dern y Alexander Skarsgård hay que sumarle el prestigio popular del guionista David E. Kelley y la dirección del reconocido Jean-Marc Vallée. Mucho nombre gordo como para pasar por alto el producto. Que en realidad el curriculum de Vallée esté lleno de mediocridades, que E. Kelley sepa más por viejo que por diablo y que algunos de esos citados intérpretes no estén precisamente en su mejor momento debería importar poco: HBO presenta el producto con todos los honores y todos los citados, en consecuencia, se esfuerzan. ¿El resultado? Interesante, cuanto menos. Con algunas sorpresas de reparto (Kidman está esta vez en modo acertado, Witherspoon cada día brilla más, Woodley podría querer reenfocar su fracasada imagen comercial para dedicarse de nuevo a lo autoral) y un tono general bastante acertado. A medio camino del culebrón y la sátira, del melodrama familiar y el whodunit Big Little Lies -basada por cierto en la novela de Liane Moriarty– plantea el clásico sistema de teoría del caos. Un escenario donde sucesos sólo relativamente importantes desencadenan enormes tragedias, donde un pequeño incidente, un conflicto aparentemente anodino, lo hace saltar todo por los aires: en una comunidad cerrada, supuestamente perfecta, donde las madres marcan la temperatura social, el hijo de una de ellas, recién llegados, agrede presuntamente a la hija de la otra, un poco al modo de The Slap. Se desencadena a partir de ello una espiral de sucesos que, por lo visto, culminará en un asesinato. De hecho el episodio está surcado por dos líneas narrativas paralelas, el presente y una serie de flashforwards donde el FBI entrevista a los posibles testigos del homicidio. Una técnica de anticipación y suspense clásica, explotada últimamente en productos como True Detective o The Affair. Nada nuevo, pero que funciona gracias a un guión sólido y unos personajes bien definidos e interpretados. Quizá menos en su parte formal, donde Vallée dirige con su habitual asepsia disfrazada de trascendencia, aquí especialmente manierista. Y en cierto modo este podría ser un poco el resumen de lo que nos deja, de momento, los primeros compases de Big Little Lies. Que suena a ya vista pero que resulta entretenida, medianamente punzante -es juguetona a la hora de manipular las situaciones en las que se ven envueltos los personajes y en su planteamiento de ese mundo anegado en hipocresía y veneno disfrazados de buenos modales- y con una factura impecable.