Otro quiebro en la carrera de Olivier Assayas, uno de esos autores que hacen de su propio eclecticismo su bandera, y que convierten la sorpresa en estilo. En virtud de ello, el francés, uno de los nombres más musculosos del panorama cinematográfico europeo, se mueve entre los meandros morosos del recuerdo y la melancolía con tanta facilidad como calza una bomba de relojería perversa, factura un impecable homenaje nostálgico o dinamita los géneros populares. Un poco de todo ello tiene Personal Shopper, segunda colaboración con Kristen Stewart tras los buenos resultados arrojados en Viaje a Sils Maria. Aquí, en cambio, ejerce de protagonista absoluta, encarando un personaje como de costumbre mucho más complejo de lo que el aparente hieratismo de la (excelente) actriz podría sugerir. Más concretamente, interpreta a una personal shopper, una especie de asistente de una celebrity casi siempre ausente, encargada específicamente de comprarle el vestuario. La chica en cuestión se instala en París y casi inmediatamente establece contacto con una presencia extraña que podría, o podría no, ser el espíritu de su difunto hermano gemelo. ¿Una película de fantasmas? Sí, algo de eso tiene. Pero entenderla (sólo) como tal sería un error. Assayas habla de los ausentes (los muertos, pero también los vivos, los fantasmas cotidianos) y va soltando planteamientos que responden más a una lógica del drama existencial que del fantastique. Porque sí, Personal Shopper podría entenderse como una suerte de mezcla de thriller, terror, giallo, historia de fantasmas elegante y espiritismo millennial. Pero sobre todo es una historia sobre la incomunicación, la soledad, la búsqueda de la identidad (con un enfoque sobre la duplicidad un tanto cronenbergiano) y el angst que produce la satisfacción en nuestros días, con un planteamiento, no tan radical, pero sí cercano al de su Demonlover. Soft-fetish incluído. Inquietante y silenciosamente arrebatadora.