Las creadoras y actrices Maya Erskine y Anna Konkle han afirmado alguna vez que su intención con PEN15 era ofrecer un retrato de la adolescencia entre los pasillos de un instituto desde un prisma rated R. Es decir, sin pelos en la lengua, gorrino y despendolado. Y ciertamente algo hay de perverso en la maniobra: ellas mismas, sobrepasada la treintena en la vida real, interpretan a adolescentes en la serie, en un instituto poblado por auténticos quinceañeros. Pero ahí está la gracia y el punk de todo esto: que en el fondo ellas ponen cuerpo a una idea. La de la adolescencia vista desde las trincheras del outsider, el que no es popular ni tampoco un desastre con patas. El mediocre. Y resulta que esos mediocres, como el resto de sus compañeros, viven los mimos impulsos anímicos y físicos, demandan las mismas atenciones y tienen los mismos sueños.

PEN15 no deja de ser otro slice of life en una era postmoderna (situado, eso sí, en el año 2000) donde Todd Solondz ya parece haber dicho lo último en marginados y donde Freaks and Geeks ya hizo las funciones de biblia fundacional para todo un tipo de aproximación tragicómica al tema. Pero cuesta no rendirse a las intenciones de Erskine y Konkle: ellas y sus personajes son pura emotividad disfrazada de desparpajo, rostro de empanada y peinado casquete. La estrategia es la de usar la incorrección política (justa), la comedia abrupta de pajas y el feísmo inherente a toda vida de estudiante de secundaria para contar una historia de iniciación, amistad, amor, pena, identidad y, bueno, pajas. En el fondo, esto es un tratado agudo y sensible, ingenioso y dolorosamente real de una etapa de la que casi nadie se ha librado, ese momento a caballo de todo, en el que los ganchitos se alternaban con los primeros porros y las ortodoncias convivían con algún tanga furtivo. Y es fácil terminar trascendiendo las caras de treintañeras haciendo el cafre de esas dos para llegar al núcleo creativo (brillante) de una serie emotiva y venenosa por igual.