Si la característica principal del videojuego como lenguaje es que en lugar de ser “recibido” por el espectador es “experimentado”, Oxenfree es uno de esos casos en que hay que confiar a la experiencia toda posible explicación. Dicho de manera más simple, mejor no destripemos demasiado los resortes jugables de Oxenfree. En cambio animo a jugarlo. A dejar de leer estas líneas ahora mismo y, simplemente, lanzarse a por él. Porque además ello no requerirá demasiado: una inversión temporal de unas cuatro horas y una capacidad tecnológica más bien modesta. Esto es un indie que aunque no descuida su parte artística confía todo su poderío expresivo al guión. Y es brillante. Se trata de una aventura adolescente que dura -en apariencia- lo que dura el transcurso de una noche, que se inicia con tres jóvenes llegando a una isla para pasar un buen rato y que pronto termina convirtiéndose en una suerte de thriller cuántico sobrenatural, una -y aquí entramos en más detalles- historia de disrupciones temporales y fantasmas atrapados en una especie de limbo radiestésico. Una parábola sobre la culpa y la superación del dolor en el marco de una historia que recuerda a ciertos aspectos de Lost, de La invención de Morel y que podría tener algo de episodio de La dimensión desconocida. Porque la linealidad de la historia de jóvenes haciendo de ídem (esto no esconde las intenciones con su target) pronto queda interrumpida por un puñado de triquiñuelas narrativas basadas en quiebros temporales y en loops, ligados formalmente con el electromagnetismo de las viejas cintas de video, glitches y saltos repentinos. Y lo que empezaba como un posible slasher termina entretejiendo varias historias en distintas líneas temporales: la presente, el pasado de la protagonista y ciertos sucesos acaecidos en la zona relacionados con un submarino siniestrado. De modo que esto es una historia de responsabilidades, pero también un relato donde el pasado tiene tanto peso como el presente. Donde la recuperación de los recuerdos remite un poco al tratamiento de la memoria en que se centraba To the Moon, otro indie con pedigrí.

Y quitando ciertos problemas de desarrollo de la acción (si en algún momento uno no sabe muy bien qué hacer se encontrará vagando sin rumbo interminablemente por la isla) todo el resto de elementos del guión se encuentran a la altura. El tono está muy medido y sabe equilibrar terror con drama adolescente, suspense y comedia. Momentos francamente inquietantes dan paso a otros de una triste melancolía. La protagonista, Alex, es creíble e interesante y su backstory va desplegándose con una precisión relojera. Las elecciones que tomamos -basadas en el diálogo- realmente cuentan y determinan ciertos elementos de la historia. Mientras que el apartado artístico es minimalista (los personajes, casi siempre miniaturas, se desplazan por escenarios estáticos) pero atmosférico y muy evocador, estéticamente cercano a un cuento ilustrado oscuro. La música, de texturas electrónicas y aires ambientales, se ciñe como un guante y las interpretaciones de los actores que prestan sus voces están ajustadísimas. En definitiva: a jugarlo. Y a modo de conclusión más o menos grandilocuente, no cabe duda de que tenemos entre manos uno de los indies del año.