(Durante 2019 estamos elaborando un hiper-ranking de lo mejor que nos ha dejado esta década en materia de cine, televisión, videojuegos, literatura, cómics y música. Una panorámica global que iremos construyendo a lo largo de doce meses de recapitulación. Overgrown es el primer disco de nuestra selección…)

 

Overgrown ya no nos pilló con la guardia baja. Veníamos de algunos EP’s iniciales y sobre todo del inmenso LP debut homónimo. Pero, de algún modo, el de Enfield se las ingenió para desmontarnos. El joven James Blake recurría de nuevo a su irresistible mezcla de neo-soul y electrónica y se echaba encima varias décadas de experiencia: por la sabiduría que contenían sus composiciones, por la solidez de su propuesta, la sofisticación de sus texturas y la construcción madura de ambientes sugerentes costaba creer que el tipo contaba en ese momento tan solo 25 añitos. El álbum ostentaba así un título extrañamente coherente.

No era esa la única muestra de sentido común. Por sus surcos circulaban varios hectolitros de emoción pura materializada en distintos estados de la materia. Melodías líquidas, voces gaseosas, ritmos sólidos. Todos trabajando en una única dirección, construir un discurso cohesionado, un cuerpo humanoide frágil donde el piano era la piel que cubre un armazón esquelético metálico, movido por una musculatura de bajos dubstep. Los órganos internos bases electrónicas envolventes, samples y colaboraciones especiales (RZA) que nos llevaban a visitar terrenos hip hop o R’n’B. Y el corazón, el centro orbital que mantenía todo lo demás en pie un tema eterno, ese «Retrograde» que funcionaba como momento pivotal de toda una carrera.

El alma, su voz. Ese falsete eterno que se mantiene más al borde de la ruptura emocional sincera que del gesto teatralizado, o del melodrama inflamado. Una voz que no siempre responde a las necesidades líricas, susurrando simplemente mantras, lamentos y frases que se repiten hasta perderse en sí mismas. Una voz que a menudo va apagándose, o apartándose, para dejar el espacio necesario al ritmo. Mientras que en otros momentos, en cambio, termina por representar lo humano abriéndose camino entre mullidos colchones de texturas electrónicas.

Blake no volvió a repetir la jugada tres años más tarde con un interesante pero menos inspirado The Colour in Anything, quizá por falta de arrojo y por haberse visto definitivamente superado por un panorama donde lo moderno ya es capaz de sonar muy moderno. Pero ese relativo acomodamiento aún no ha empañado el impacto de un disco que mantiene su capacidad de embrujo. Que encierra el sonido de un futuro que, lejos de vislumbrarse, permanece oculto en el misterio, apenas respondiéndonos cuánto tendrá de humano y cuánto de maquinal, cuánto de emocional y cuánto de gélido.