Uno de los mangas más contemplativos de Jiro Taniguchi, El caminante, rechazaba toda narración activa y cualquier línea de diálogo para transmitir con una enorme y serena sabiduría las sensaciones de un hombre que, simplemente, ha decidido salir a pasear. Su contacto con la naturaleza, su pequeño escarceo con el concepto de libertad total, su reencuentro con esos momentos de los que quizá la vida moderna ya le había privado. Un retorno a un estado perdido en su pasado que lo transformaba, aunque fuera por tiempo limitado, en una especie de ser esencial. Un poco por ahí va Old Man’s Journey, la nueva propuesta del estudio vienés Broken Rules que, como el maestro japonés, renuncia a explicaciones y a subrayados narrativos y formales para contarnos -transmitirnos- la aventura a la que se lanza un anciano solitario. El porqué se irá descubriendo poco a poco, a medida que el protagonista vaya visitando ciertos lugares que evoquen en su memoria estampas, momentos clave de su vida junto a su familia. Y es que esto es, en esencia, un ejercicio de evocación melancólica. Una historia sencilla, que se puede resumir en apenas una frase, pero que encoge el corazón casi tanto como lo hacían aquellos primeros minutos de Up.

Una invitación a la reflexión y la contemplación que deja que el jugador imponga su ritmo y se abstraiga en los momentos y en los recuerdos todo el rato que desee. A menudo el anciano, simplemente, se queda sentado en un banco sin hacer nada, esperando que el jugador decida que ya puede seguir andando o que quizá necesita unos segundos más de descanso, reflexión, evocación o simple oxigenación. De hecho, Old Man’s Journey no plantea apenas retos, sino un estado de ánimo; posee una mecánica muy sencilla basada en un puzzle de lógica espacial que consiste en mover las líneas del horizonte para interconectarlas de modo que el anciano pueda ir de un lado a otro. De alguna manera el hombre va dando forma al mundo para construir su propia aventura, y eso es lo que importa porque eso es, en el fondo, el mensaje. Aquí no interviene la habilidad, ni (apenas) siquiera el ingenio, sino la pura y más sencilla emoción. Y el juego lo consigue. Emocionarnos. Su estética luminosa, viva, colorida, como de cuento dibujado y pintado a mano y su delicada banda sonora lo convierten en uno de los títulos más preciosos y visualmente puros de la temporada. En una (otra) de esas pequeñas joyas que va dejando caer con cierta periodicidad el panorama indie y que nos recuerdan una vez más lo únicas que pueden llegar a resultar algunas emociones que nos ofrece el videojuego como lenguaje estético.