Ha ocurrido en las últimas temporadas. Algunos de los videojuegos más pequeños, más aparentemente modestos, son los que se terminan fijando en algunos de los problemas sociales más presentes entre muchos adolescentes del momento. Títulos como Cibele, Emily Is Away o The Average Everyday Adventures of Samantha Browne centran sus esfuerzos en hacer patente la incomprensión del mundo adulto hacia las libertades sexuales, hacia problemas relacionados con la ansiedad social o hacia la exclusión. O, como en el caso de A Normal Lost Phone, hacia la identidad de género. El gimmick jugable de este no se aleja mucho del de Cibele: el juego presenta al jugador la pantalla de un móvil ajeno, como si uno se lo hubiera encontrado por la calle (el juego está disponible para PC, pero obviamente la gracia es jugarlo en smartphone). La curiosidad deberá guiarlo con la intención de descubrir quién es el dueño del móvil, un tal Sam, adolescente inquieto sumido en un momento de transición vital. Y a partir de una serie de pequeños puzzles de lógica basados en la deducción de contraseñas y la navegación por las distintas aplicaciones instaladas en el móvil de Sam el jugador va tirando del hilo y reconstruyendo las últimas semanas del joven… y con ellas sus problemas y preocupaciones, su autodescubrimiento y la revelación de que quizá él no es la persona que la sociedad se había empeñado en que fuera. Así, la triquiñuela jugable no es nueva (hace unos meses el estupendo Replica también implementaba la misma mecánica) pero está muy bien ejecutada gracias al planteamiento de una intrahistoria mínima escrita con detalle e inteligencia. Y es una nueva prueba palpable de que como lenguaje narrativo el videojuego sigue siendo un perfecto lugar donde experimentar con construcciones, formas y texturas. Donde generar nuevos estímulos para el jugador -en este caso se lo convierte en un voyeur movido por su propia curiosidad para insertarse en la vida ajena-. Y especialmente donde, como comentaba, acoger temáticas relevantes y tan necesarias como la visibilización de los adolescentes aún temerosos de adscribirse a los colectivos LGBT.