Me vienen a la memoria algunos experimentos cinematográficos recientes con el formato cuadrado. Faust (Aleksandr Sokurov) o Mommy (Xavier Dolan) capaban, con moderado éxito, las posibilidades del panorámico para redimensionar la narrativa cinematográfica hacia el cuadrado, recuperando con ello un tipo de encuadre que parecía perdido en el tiempo. Pero de verdad no me viene a la mente ningún caso que en los últimos años (¿quizá desde el mudo?) haya usado un formato redondo, más allá del cine experimental. Hasta que ha llegado el chino Feng Xiaogang y ha facturado lo que pretende ser su película autoralmente más relevante hasta el momento. No es que el hombre haya experimentado a lo largo de su carrera, precisamente, pero de buenas a primeras hay que reconocerle que esta vez se la ha sacado y ha meado más lejos que nadie. ¿Simple boutade o exploración narrativa con enjundia? Lo cierto es que esto tiene más de lo primero que de lo segundo. Aquí la mayor parte del tiempo el formato no es un capricho: el director compone el plano obedeciendo a la lógica del tondo (la composición circular que vivió un cierto apogeo en el Renacimiento) y logra un puñado de momentos visualmente fascinantes, hechizantes, no por un sentido manierista de la belleza sino desde un punto de vista de sugerencia compositiva. Quizá es la simple novedad, no sé. Pero lo cierto es que casi todos los planos que componen Yo no soy Madame Bovary parecen arrebatadores. Desde la perplejidad inicial (no por casualidad el primer plano que aparece en la película pide a gritos un panorámico) hasta la comprensión de que Xiaogang tiene, en materia de puesta en escena y de relación entre esta y la situación del personaje en el plano (que a ratos parece que es espiado por nosotros, o que invadimos su espacio personal), mucho de lo que presumir.

OK, pero ¿y el contenido? ¿Se queda enredada Yo no soy Madame Bovary en su propia vistosa epidermis? La respuesta es no, pero sí es cierto que expuesta de una manera convencional su guión -basado en la novela de Liu Zhenyun– sería un tanto irregular. En sus mejores momentos, esta historia de la lucha a largo plazo de una mujer contra su propio divorcio (que recuerda en cierto modo al que llevaba a cabo la protagonista de Gett) resulta de una agradable ironía y destila una crítica hacia las instituciones cortante y lúcida. La actriz Fan Bingbing construye un personaje complejo, firme y vulnerable. Y la odisea resulta entretenida e incluso conmovedora. En otros tramos, sin embargo -especialmente en algún pespunte melodramático- la historia pierde fuelle y otorga concesiones, en forma de descripciones un pelín simplonas. Momentos que, por lo demás, no emborronan la sensación de estar ante una película a la que prestar atención, no sólo por la pirueta formal que propone.