Por aquí su nombre no le va a sonar a casi nadie, pero lo cierto es que Joel Kupperman se convirtió en una pequeña celebridad en los Estados Unidos de los años 40. Gracias a su participación en el programa radiofónico de jóvenes talentos Quiz Kids el pequeño Kupperman ejerció en su preadolescencia de niño prodigio, de sabelotodo de América, de genio de las matemáticas en miniatura convertido en fenómeno (proto)mediático y rostro habitual de programas de variedades e incluso de producciones para la gran pantalla. Un sueño cumplido en la tierra de los ídem, ese país necesitado de nuevos símbolos post-bélicos, ansioso de reivindicar la ciudadanía judía y con ganas de echarse unas risas gracias a las monerías de las preparadas nuevas generaciones.

La realidad del joven Kupperman fue, obviamente, muy distinta. Y de eso trata Niño prodigio, tebeo autobiográfico con el que Michael, su hijo, pretende echar la vista atrás en el momento en que su padre empieza a aquejar de demencia senil. Ese momento en que se confunde la desmemoria autoimpuesta con la involuntaria: es posible que a Kupperman padre le convenga dejar desvanecerse un pasado mucho más duro de lo que todo el mundo creyó. La suya es una historia de explotación infantil, la de un pobre chaval que ejerció primero como héroe, luego como entretenimiento, a continuación como chiste y finalmente como juguete roto. Y sobre eso reflexiona el autor. Sobre la influencia de una madre (su abuela) sedienta de fama y dinero y, en el fondo, sobre los lazos familiares, la relación entre padres e hijos y el peso de un pasado que puede transmitirse o bien quedar ensombrecido.

Y no sólo eso. Niño prodigio también da vueltas entorno al espectáculo irreflexivo y desechable de una sociedad abocada a los mass media, a los entresijos de la cultura del entretenimiento en América en la segunda mitad del siglo XX y entorno a la posición del pueblo judío a partir de la postguerra. Mucha tela que cortar en un cómic ácido y crítico, presentado en un blanco y negro sencillo pero expresivo y de trazo casi pop. Una autoficción que se lee con agilidad pero se paladea con espesura.