Dando ya por jubilado a Miyazaki, Mamoru Hosoda es, probablemente, uno de los directores más interesantes de anime que tenemos el placer de saborear en nuestras pantallas. No siempre, claro, que a menudo tenemos que conformarnos con lo que podemos ver en festivales. O ni siquiera, siendo el OVA el hábitat más común para este tipo de propuestas. Afortunadamente esta última del nipón sí nos ha llegado a las salas comerciales. El niño y la bestia no es su mejor película, pero eso es porque, recordemos, este es el señor que firmó maravillas como La chica que saltaba a través del tiempo, Summer Wars o Los niños lobo. Y con semejante corpus creativo es decididamente difícil subir el listón. Pero por lo menos lo mantiene, si bien este es un tanto más ligero (que no irrelevante) que sus anteriores títulos. El niño y la bestia es la historia de la insospechada pero necesaria confraternidad entre dos seres de distintos mundos: un chaval de Tokyo que ha perdido a sus padres y un enorme animal oriundo de un reino mágico en busca de un pupilo al que tutorizar. Así que de entrada de eso va la película: de una relación de mentor-alumno primero y de una profunda amistad después. Una perfecta comunión entre tradición y contemporaneidad, entre cotidianidad y poesía mágica, entre comedia, drama y romance en el marco de una aventura chisporroteante, divertidísima y, al final, emotivamente intensa. Y es que poco a poco el autor va desplegando su mensaje hasta que el tema central queda perfilado, metafórica (o no) ballena blanca mediante. En el fondo El niño y la bestia es la historia de una maduración personal, el salto del niño al adulto, que debe pasar irremediablemente por el conocimiento de uno mismo. Por la asunción de que todo el mundo tiene un lado luminoso y uno oscuro, y que depende de uno mismo cuál de los dos termina prevaleciendo. Por el camino Hosoda nos deja imágenes imborrables de un acabado formal notable, destellos de un lirismo arrebatado, risas y ternura, un par de peleas intensas y un clímax avasallador que termina por apuntalar todas las tesis planteadas. Se ha ido Ghibli, pero nos queda Hosoda.