Tras meses de retrasos y antipáticos cambios de fecha la gran pregunta que nos formulábamos con el lanzamiento de Night in the Woods era si el juego sobreviviría al hype. A ese buzz que lo colocaba como probable candidato a indie del año. Y, en fin, acabamos de empezar 2017, así que presuponer algo así es más bien osado, especialmente teniendo en cuenta el vertiginoso nivel de calidad que estamos viviendo el presente curso, por lo menos en este su primer trimestre. Pero sí es cierto que casi nadie puede haberse dado por decepcionado ahora que el juego de Infinite Fall ya está pisando PC y consola. Night in the Woods nos pone en la piel de Mae, una gatita veinteañera en pleno momento de angst existencial (sí, aquí son todo bonicos animales antropomórficos). Mae acaba de dejar la universidad y vuelve al pueblo de su infancia, a instalarse con sus padres. En su antigua habitación. Con sus antiguos amigos. Pero con nuevas dinámicas: los errores del pasado regresan y, aunque todo sigue igual, todo ha cambiado. De eso habla, de buenas a primeras, esta obra tan profundamente generacional. De regresar, de intentar recuperar el afecto de los seres queridos a pesar de las propias cagadas. De ser, nos guste o no, un poco outsider. Y de tener la culpa de ello.

Todos los personajes de Night in the Woods, especialmente Mae, aparecen dibujados con notable profundidad. Todos tienen un backstory, una personalidad propia que se va desplegando poco a poco y unas implicaciones morales que resuenan en los temas centrales de la obra. Son, en definitiva, personajes tridimensionales a los que no se tarda en comprender, con los que se empatiza con facilidad. Por eso cuando la trama empieza a tomar otros derroteros (hacia una historia de misterio con toques sobrenaturales) nunca abandonamos el terreno de lo cotidiano, lo que crea una mezcla perfecta de costumbrismo y onirismo. Todo, respirando a su propio ritmo y con su propia personalidad jugable: no hay mucho que hacer en Night in the Woods más allá de ir paseándose por el pueblo, hablando con los personajes, explorando vidas y circunstancias ajenas. El gameplay aglutina aventura conversacional, algunos puzzles, minijuegos ocasionales y un poco de plataformeo sencillo. Pero obviamente las aspiraciones son distintas. Porque este es un juego profundo, íntimo, muy bien escrito -ojo a unos diálogos cargados de ironía-. Y obviamente increíblemente bien ejecutado, pese a unas limitaciones técnicas (seguimos hablando de un indie) que sabe invisibilizar a golpe de genio artístico. Es una propuesta manufacturada con mimo y detalle, no sólo un juego tremendamente cool y entrañable en su propuesta 2D de colores brillantes y formas cartoon, sino también una experiencia audiovisual formalmente exquisita, donde brillan especialmente las escapadas al bosque y unos pasajes oníricos en los que suceden pequeños y arrebatadores momentos de magia.

Precioso, en fin. Videojuegos así son los que hacen del panorama indie un lugar muy, muy bonito en el que quedarse a vivir.