La tercera campaña de Narcos está obviamente marcada por la ausencia del que había sido, hasta la fecha, su personaje icónico y su mayor activo. Pablo Escobar está definitivamente fuera del mapa y el resto de piezas se redistribuyen en el tablero para hacerse con la partida. No es la única baja. Ahora Murphy cede todo el peso, en la cara luminosa de la moneda, a un Peña estresado, con un pie y medio ya en la decadencia. Con todo esto como punto de partida, la pregunta era obvia. ¿Aguantará Narcos su propio lifting argumental? La respuesta corta es sí. La larga resulta algo más compleja, porque con esta ya son tres las temporadas dedicadas a un manhunt en las zonas más chungas de la Colombia de los 90 y podría empezar a acusar desgaste. Sí, muerto el perro, sigue viva la rabia; caído el gran kingpin el cártel de Cali pone el turbo: Pacho Herrera, Chepe Santacruz Londoño, Miguel y Gilberto Rodríguez parecen querer multiplicar por cuatro los frentes gansteriles, disparar la esencia del neonoir con acento latino. Pero a menor foco mayor dispersión. Y a Narcos se le empiezan a ver, por lo menos en esta primera mitad de temporada, sus ligeras costuras. Lo que antes era una trama de obsesiones personales en un marco global docuhistórico ha mutado aquí en melodrama con tiros, cada vez más cercano a las enseñanzas más básicas de la escuela Scrosese. Y la abrasiva urgencia de las dos primeras temporadas parece dar aquí más cancha al culebrón criminal, incluidos un nivel interpretativo cuanto menos dudoso y un desarrollo dramático de las escenas más tremendista que realmente trágico. Y no es que haya cambiado todo radicalmente. En líneas generales y en términos de estilo el menú se mantiene más o menos inalterado: luchas de poder, asesinatos truculentos, extorsiones y beefs entre clanes. Es sólo que, de algún modo, todo parece avanzar con un cierto piloto automático, abandonada ya la capacidad de sorprender y tensar la cuerda. A pesar de todo, no obstante, respondía a la pregunta anterior afirmando que sí, la cosa en términos globales aguanta. Porque seguimos estando ante una serie con personalidad, formalmente notable -su presentación sigue buscando lo cinematográfico por encima de todo- y con una innegable capacidad para entretener. Y si bien de momento parece la temporada más débil, sigue siendo una pieza más de este gran puzle/fresco social oscuro y electrizante. Veremos qué ocurre con el resto de la temporada.

 

Este análisis ha sido elaborado a partir de una copia de los episodios 1 a 5 de la tercera temporada, facilitados por Netflix España.