Antes de convertirse en primer caballero de la administración Kardashian, de azuzar polémicas de todo tipo y apoyar a Donald Trump, antes de todo eso Kanye West era sólo un rapero. Con sus cosillas, sus veleidades e ínfulas de millonario excéntrico, su troleo público a la pobre Tay Tay, pero hacía rap. El mejor rap mainstream del planeta. Luego, con controversias o sin ellas, siguió facturando obras maestras del calibre del brutalísimo Yeezus, vale. Pero lo de My Beautiful Dark Twisted Fantasy fue un pelotazo de proporciones gargantuescas, un compendio de todo lo que nos había regalado en The College Dropout o Late Registration, solo que magnificado.

Y esa es la sensación que se tiene aún hoy al escuchar este disco desbordante: el de algo magno, gigantesco y tremendamente barroco, una caja llena de ideas a punto de reventar de la simple presión. Un manifesto artístico que se mete en todas partes, le llamen o no, que toca muchos palos y los incorpora en un discurso único y sólido. Technicoloreado, pero cohesivo. Polifónico (cameos de Nicki Minaj, JAY-Z, RZA, John Legend o Bon Iver) y lleno de texturas cambiantes: el viaje se hace a bordo de la nave hip hop pero visita muchísimo soul, funk, rock y pop, puros o bastardos. Atinados o kitsch, originales o sampleados. A ratos fiestea, pero casi todo el tiempo se inflama de crispación y tragedia, carga las tintas dramáticas y opta por no decir los mensajes sino escupirlos.

De opera rap podríamos calificar el resultado. Así de hinchado, grandilocuente y emocionalmente brutal se muestra en todo momento un tipo al que nadie en el mainstream ha sido capaz aún de toserle salvo, quizá el bueno de Kendrick Lamar. Así que, ¿qué queda ahora de todo ello? Es difícil decirlo. El hip hop pre-trap empieza a parecer algo del pleistoceno, y el ritmo centelleante del consumo en la industria del entretenimiento de las redes sociales parece catapultarnos hacia la desmemoria absoluta. Pero recuperar hoy My Beautiful Dark Twisted Fantasy es volver a expandir el cerebro hacia diámetros kilométricos, es rociar los oídos de ácido lisérgico y alimentar el alma con el mejor manjar metafísico posible. Sigue siendo tan excesivo como hace nueve años. Pero también igual de genial e inasequible para nosotros, mortales indignos de la incontinencia creativa de Yeezus himself.

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