Venía sonando desde hace tiempo. Se convertía en una de las sensaciones de cada uno de los festivales que pisaba. Igualaba la gesta de Boyhood al marcarse un avasallador 99 en Metacritic (con la de Linklater, es la película mejor valorada de la presente década). Y la Academia la ha terminado bendiciendo -o así- con un par de manos de nominaciones de las gordas. Finalmente llega a salas españolas y la expectación es, bueno, ¿máxima? A saber, ya nos conocemos a nosotros mismos y nuestros bizarros hábitos de consumo cinematográfico. Pero sea como sea, es innegable que la primera película de Barry Jenkins que se estrena de los Pirineos para abajo es una de las imperdibles del año, ni que sea por cumplir con nuestros compromisos contractuales con el buzz generalizado. Afortunadamente, la película cumple lo prometido. Y no precisamente por la vía de lo rimbombante. Al contrario, tras Moonlight se esconde una historia pequeña, íntima, con ramificaciones universales, sí, pero con vocación de propuesta humilde centrada en sus personajes. Concretamente en su protagonista, un chaval al que vemos crecer a lo largo de tres etapas de su vida (tres movimientos en los que se articula el relato: infancia, adolescencia y edad adulta) que terminan respondiendo a un mismo gran plan, el de la historia de un chico introvertido que se ve obligado a sucumbir a la presión social: ha osado ser homosexual en un lugar hostil e incomprensivo. Los barrios más deprimidos de Miami.

Jenkins articula un discurso interesante, a ratos realmente sutil, entorno a la identidad. La étnica y la sexual. El despertar -aparentemente basado en la obra autobiográfica de un Tarell McCraney– de un chico en una comunidad oprimida, carcomida por las drogas, por padres incapaces (o directamente adictos) y un sistema educativo inoperante. Un panorama duro y desolador que sin embargo no actúa como catalizador para las neuras o los mensajes aleccionadores de su director. Al contrario, Jenkins sabe hablar de temas serios sin montar una escandalera melodramática ni recrearse en la miseria. Es capaz de ponerse tierno y delicado cuando tiene que serlo, seco y directo cuando el drama se tensiona demasiado. Y aunque puede caer en algún lugar común y dar alguna puntada sin hilo todo termina cuadrando en un tercer acto que recoge el caudal emocional de los dos primeros y les da sentido. Especialmente en una última escena (y un último plano) de una elegancia conceptual y escénica exquisita. Un cuidado formal que, por otro lado, se encuentra presente a lo largo de todo el metraje. El Jenkins realizador luce peso específico y cuida mucho el encuadre, la planificación, la fotografía y la iluminación; especialmente el cromatismo, en planos donde siempre predomina expresivamente uno u otro color. De este modo el realizador y su director de fotografía, James Laxton, encuentran en todo momento el punto justo para vehicular visualmente las sensaciones que propone la película. Y así la propuesta ni resulta anodina o funcional ni se pierde en su propio onanismo visual. Evita el manierismo con un extra de honestidad y esquiva la autoindulgencia encontrando el equilibrio entre drama y retrato riguroso. Entre cotidianidad y onirismo, entre realidad y magia.

Maravillosamente interpretada (ahí también da diana), Moonlight es una reivindicación activa de la dignidad y sinceridad hacia uno mismo y logra una diana ahí donde otros ejemplos recientes no llegaban o bien se pasaban (Fruitvale Station, Dope). Jenkins sabe qué contar, cómo hacerlo y, de paso, cómo parecer uno de los nombres a tatuarnos entre las volutas de nuestra masa encefálica, para cuando nos lo vayamos a encontrar en futuras -esperemos que no muy lejanas- ocasiones.