Llegara por sorpresa o con preaviso, recurriera a ideas antiguas o no -que lo hace-, A Moon Shaped Pool parece ser el disco que Radiohead necesitaba. Tras la desagradable sorpresa de The King of Limbs y la sensación de repetición, de estar escarbando en un agujero (oscuro) que ya no deparaba más sorpresas, la banda de Thom Yorke parece haber encontrado un lugar intermedio de comodidad. Les sucedió hace quince años con Amnesiac, reverso tranquilo de la abrasión de ideas y ebullición creativa que supuso Kid A (aún hoy su insuperada obra maestra) que recogía todo lo aprendido hasta el momento y lo servía con un equilibrio perfecto de rock y electrónica. Y vuelve a ocurrir ahora con esta nueva referencia, que los muestra más en paz consigo mismos que nunca: si Amnesiac estaba condenado a salvar la papeleta de ser la continuación de una obra mayor, A Moon Shaped Pool tenía que dar carpetazo con un predecesor obtuso e irrespirable. Dicho de otra manera, ambos casos estaban obligados a mostrar a una banda madura y dueña de sus actos. Y afortunadamente este nuevo disco lo consigue. Muestra a unos Radiohead más tranquilos que nunca. También más relajados y más sabios. Todo lo que ocurre en este álbum parece fruto de la experiencia; no necesariamente del genio -no se alcanzan algunos momentos pretéritos de arrebato catártico y en varias ocasiones algunos temas suenan un tanto desinspirados-, pero sí, cuanto menos, de la solidificación de un discurso propio que ya no se ve endeudado con su propio pesimismo existencial, con aquella puesta en crisis de las neurosis de principios de siglo. Y aunque el disco suena en algunos momentos muy anclado en la estética de los Radiohead de los últimos tres lustros (“Ful Stop” remite a “Sit Down. Stand Up”), en ocasiones abre sus miras hacia otros lugares (los arreglos y la rítmica de “The Numbers” tienen un aire muy Melody Nelson de Gainsbourg) y casi siempre prefiere sonar liberado de ataduras sociopolíticas. Sí, hay crispación, claro, pero estamos ante un álbum que abre con las cuerdas tensas de “Burn the Witch” y luego cierra con la delicada calma de “True Love Waits”, un tema recuperado que hasta ahora sólo podíamos oír en directo y en el insulso live I Might Be Wrong.
Así pues, el disco nada en un cierto sosiego, pero también es capaz de pasar de lo reposado (“Desert Island Disk”) a lo tenso (“Ful Stop”) en un solo salto de track y de ahí volver en otro paso a lo quebradizo (“Glass Eyes”). Radiohead pues se colocan una vez más entre lo clásico, lo pop y lo electrónico y vuelven a mostrarse ricos en texturas. Ofreciendo un muestrario de tramas y colores instrumentales, eléctricos o sintéticos, unificados por la voz de Thom Yorke, tan versátil como es habitual, pero de algún modo más ágil. No menos intensa, simplemente -como decíamos- menos torturada por el angst existencial que cristalizaba en OK Computer y el nihilismo que afloraba en Kid A. A Moon Shaped Pool es un disco además marcado por los arreglos de cuerda, que se trenzan con melodías de piano o se alternan con coros y suministran al conjunto un chute de oxígeno del que nos habían privado con la mayor parte de The King of Limbs. Así las cosas es este un disco diverso sin parecer descabezado, disperso sin ser necesariamente inconexo. Que se vive, si se me permite el tópico, como un viaje de largo recorrido con un destino incierto, pero escalas exóticas, la mayoría de ellas más que interesantes. Después de quince años discretos y de aventuras en solitario -especialmente de Yorke y Jonny Greenwood– de irregular interés, la música de Radiohead vuelve a parecer relevante.