A Ed Brubaker y Sean Phillips, simplemente, no se les acaba la cuerda. De tan avenidos, son como uno de esos matrimonios de largo recorrido que se entienden tan bien que da rabia. Que exploran su relación con unas ganas que casi son irritantes: si bien raramente se salen de su zona de confort (el tebeo neonoir más o menos canónico) sí saben cómo reenfocar sus propios planteamientos. De este modo para su celebrada serie Criminal últimamente están expandiendo su radio de acción hacia historias que parecen no encuadrarse directamente con los planteamientos más troncales pero que contribuyen a enriquecer esa suerte de tapiz thrilleresco que cada día parece más un fresco humano de la vida criminal. Es el caso de Mis héroes siempre han sido yonquis, una historia de amour fou protagonitzada por dos jóvenes encerrados en detox y que deciden fugarse de la institución sin mirar atrás.

Su aventura tiene ese punto de desesperación romántica, pero sirve para desplegar un backsotry, el de su protagonista femenina, cuya infancia estuvo tintada de melancolía, depresión, drogas y problemas maternales. Y mucha melomanía, esa especie de atracción romántica por los artistas malditos (todos yonquis) que mezclaron su obra, su genio, sus problemas personales y su arte con sus drogas. Esos ambientes (calle, reclusión, desintoxicación, sexo) son los que conectan con el mundo de Brubaker y Phillips a una historia que por lo demás quiere parecerse a la de unos Bonnie y Clyde que no desean atracar ni asesinar a nadie sino, simplemente, sentirse libres. Por lo menos hasta un final que da un giro al planteamiento y encierra definitivamente este álbum en los contornos de la serie madre.

La narrativa, a pesar de divergir en el enfoque argumental, vuelve a recordar al Brubaker que conocemos: seca, de diálogos duros, apoyada en los cuadros de pensamiento y desarrollada en varias líneas temporales marcadas por los flashbacks. Sin embargo los planteamientos visuales escapan, un poco, de lo habitual. Phillips despliega su característico trazo sucio, insospechadamente realista, pero de nuevo se apoya en el color de su hijo Jacob, quien esta vez se muestra más luminoso, casi psicodélico, apostando por un predominio de los tonos pastel. Todo ello convierte este Mis héroes siempre han sido yonquis en una falsa salida por la tangente, en una aproximación original a los mismos ambientes de siempre, un tebeo negro tan solvente y rotundo como de costumbre.