Muchos calificativos podríamos atribuirle a la obra de David Sánchez, y ninguno de ellos ligero: surrealista, febril, enferma, enigmática, hermética, psicotrópica. Y aun así, cualquier consideración previa se queda corta ante Un millón de años, desconcertante relato que aglutina sus constantes y las lleva a un contexto más enrarecido que nunca. Una especie de desierto fuera del tiempo por donde campan nómadas, chamanes, insectos salidos de un trip de John Carpenter, perversiones con las que se sentiría cómodo David Cronenberg, sectas y cultos paganos, caníbales, viajeros y animales antropomórficos. ¿Qué historia más o menos lógica puede cimentarse en semejantes ítems? No lo tengo muy claro aún. Pero es que si Sánchez siempre ha jugado a la sugerencia más que a la evidencia y a la metáfora más que a la obviedad, aquí el nivel de abstracción es absoluto, a pesar de la omnipresencia de la transformación (mutilación, mutación) del cuerpo físico como declaración de intenciones neo-carnal. Me lanzaría a hablar de un cierto Jodorowsky, el menos estomagante de todos, pero de ese modo apelaría a un tiempo pasado que no parece tener cabida en Un millón de años, un tebeo que parece querer marcar el futuro de los tebeos. Y sí, claro, sus significados profundos se mantienen escondidos, o por lo menos se resisten a lecturas superficiales. La mayoría de las simbologías que se plantean parecen escurrirse por entre los dedos durante la lectura y uno siempre termina intuyendo que debajo de todo hay algo más por lo que vale la pena volver a fijarse en los detalles y pequeñas revelaciones. Pero es que si esto fascina por sus planteamientos temáticos especialmente atrapa por su apartado gráfico, donde el autor ha alcanzado un nivel de perfeccionismo (diseño, tinta, color) propio de un, pongamos, Charles Burns patrio. Un millón de años es en fin un paso más en una de las carreras más magnéticas y perturbadoras del tebeo del siglo XXI.