Homer Simpson pudo, o pudo no, afirmar (me da pereza buscarlo) que la mejor estrategia para solucionar un problema podía pasar por encerrarse en un armario y esperarse a que el problema en cuestión se resolviera solo. Algo así es lo que adopta como modo de vida la protagonista de Mi año de descanso y relajación, oda a la desgana y la apatía vital que le sirve a Ottessa Moshfegh para situarse en la casilla de “destacados” de la literatura norteamericana del momento: lo logró con Mi nombre era Eileen y ahora repite la jugada con su siguiente novela.

Su protagonista -no quiero ni saber cuánto de autobiográfico hay en esto, también se me hace cuesta arriba buscar eso- es una joven a punto de entrar en la treintena en el Nueva York urbano, psicótico y resacoso del cambio de siglo. Resacoso de unos 90 que pasarán a la historia por institucionalizar la mediocridad, por convertir en norma lo regular, lo medianero, lo ni fu ni fa de las vidas vividas superficialmente o, qué sé yo, de las películas protagonizadas por Harrison Ford y Whoopi Goldberg. En esa nube de perpetua narcolepsia y sesiones cutres de cine en VHS vive la protagonista, aquejada de un deseo por desaparecer de su propia vida mediante un proceso de hibernación: planea recluirse en casa, cuidar lo muy justo su higiene, comer comida exótica barata y dormir más horas de las que pasa despierta.

Entre el desprecio a sí misma y la autoindulgencia cabalga la joven, coleccionando fármacos y visitas a una psiquiatra desastrosa, mística y trasnochada. Combate la creciente sensación de que se le pasa el arroz con aún más dosis de desgana vital, adoptando una especie de pose entre la rendición y la esperanza de que algún día la inspiración llame mágicamente a la puerta. Y que de paso se traiga consigo el aprecio de alguien más a parte de su única amiga (o así), con su simulacro de familia directamente abortado tras la muerte de sus desastrosos padres. Al fin y al cabo esta es una mujer que nunca se sintió amada a pesar de haberlo necesitado y que finalmente ha claudicado en su búsqueda.

Con esta novela ácida y divertidísima Moshfegh revolotea entorno a las necesidades afectivas y las contradicciones de la soledad mientras satiriza la vida moderna de una urbe como Manhattan y vierte bilis sobre los artistas iluminados y amantes del arte snobs, los locales de moda, las galerías y los gurús de la opinión y las tendencias. Arrebatando de nuevo y reclamando para sí la desgana y apatía vital que los millennials hípsters habían acabado adoptado como simple pose, elevándola al lugar romántico en el que debe estar: el del malditismo de una vida y un futuro demasiado inaceptables como para no pretender huir de ellos.