Siendo sinceros, poco nos podíamos imaginar esto de Aziz Ansari. Secundario más o menos habitual en comedias medianamente interesantes lo cierto es que la imagen que teníamos de él era aproximadamente la misma que él mismo cultivaba para su Tom Haverford en Parks and Recreation. Pero se salió por la tangente en 2015 con Master of None, proyecto personal a medias con Alan Yang y, mea culpa, tuvimos que rectificar. Cuando tiene algo que contar, desde luego que este chico sabe cómo hacerlo.

Detrás de Master of None no se esconde ningún high concept, ningún precepto osado o planteamiento disparatado que venda la serie en una sola e irrenunciable frase. En su elevator pitch es posible que Ansari y Yang citaran como fuente de inspiración Louie, algo del indie americano de reciente cuño, algo de cine de autor no tan reciente. Puede que incluso se hablara de neorrealismo italiano. Pero todo puede resumirse en la ambigua frase de que esto va de “las cosas que le pasan a cualquier neoyorkino treintañero de ascendencia india y nivel económico más o menos cómodo”. Nada menos, y mucho más.

Porque sí, en Master of None hay mucho de esencia neoyorkina, algo de pijerío distraído y bastante también de cuestiones relacionadas con la raza, con las penurias de un actor no blanco en una industria que los pone a todos en el mismo saco. Pero al fin y al cabo lo que cuenta es absolutamente universalizable. Ansari se interpreta a sí mismo, o a un alter ego que se le intuye cercano, y pone su propia experiencia, inquietudes, frustraciones y alegrías como centro de un relato con el que más o menos cualquier joven occidental urbano podría identificarse. Su humor es mundano y flexible a una especie de surrealismo cotidiano, que se infiltra de vez en cuando en la situación. Sus diálogos son ágiles y, especialmente, los sentimientos que conjuga son reales, palpables.

En dos temporadas ha habido mucho de observación de la realidad, algo de embarrassing humor y varios momentos de walking and talking medianamente convencional. Pero en sus mejores momentos -que a decir verdad son la mayoría- Master of None se ha alzado por encima de los tropos del género para aportar una visión fresca de la crisis de los treinta donde todo está narrado con admirables sencillez e inteligencia. El Ansari cineasta se revela así como un tipo sensible, elegantísimo en la construcción de unas escenas que capturan el nervio urbano, pero también un gusto por la calma casi espiritual. El surrealismo suave del que hablábamos permea en la propia puesta en escena y se apodera del ritmo y el tono, para convertir lo cercano y lo habitual en algo extraordinario.

Así es esta serie. Sincera y extraordinaria.

[Consulta aquí el resto de títulos de nuestra lista de lo mejor de la década]