A pesar de todo lo que se ha hablado en los últimos meses de Lucia Berlin, de lo mucho que se la ha alabado y de su condición de “fenómeno literario de la temporada” (palabras de ellos, no mías), cuando uno lee Manual para mujeres de la limpieza tiene una sensación de intimidad increíble, el runrún de estar descubriendo algo único, de ser el primero que se encuentra y disfruta este material. La cuestión es que esta es la primera colección de relatos que se edita en España de la autora, hasta ahora desconocida, injustamente olvidada y, si la cosa sigue así, promete. Berlin pide a gritos que se editen todas las historias cortas que publicó en vida y que con ello podamos hacernos el justo y pertinente retrato de una autora que se intuye apasionante. Una de esas cronistas de lo cotidiano que, sin embargo, no tiene nada de mundano. Sus relatos -los aquí recogidos- transcurren en lugares de la vida diaria. En escuelas católicas, en hospitales, en lavanderías, todos ellos marcados por la propia experiencia de la autora, que se empleó como profesora, como enfermera, como escritora y, claro, como mujer de la limpieza. Y en todo sabe Berlin encontrar lo extraordinario de algún u otro modo. Entre destellos de humanidad, entre retazos de dignidad personal, en vidas fuera de lo común vividas por simples vecinos. Se trata de relatos de corte más o menos autobiográfico protagonizados por mujeres que, en mayor o menor medida, serían un alter ego de la propia escritora; historias que nos llevan de un lado para otro, de una patria a la siguiente, en consonancia con el origen casi fronterizo de la autora. La de Berlin es una prosa muy viva, de ritmo cambiante, a veces precipitado y otras moroso, que destila emociones pero también abundantes dosis de humor y que no duda en escurrir un golpe emocional entre las líneas de la rutina urbana. Relatos que nos descubren a una voz femenina potente, nunca sumisa, musculosa pero también vulnerable. Un -podemos aventurar- nombre clave de la narrativa americana contemporánea escrita por mujeres: los relatos de Lucia Berlin pueden mirarse de tú a tú con los de Lydia Davis, no en vano responsable del prólogo de esta edición. También de otras ilustres cultivadoras del relato corto, como Amy Hempel o Lorrie Moore, de quienes perfectamente podría haber sido precursora. Y como con todas ellas, esperamos que esto no quede aquí y goce de una buena salud editorial en nuestro país. Aunque sea de forma póstuma.