A pesar de estar en lineas generales de acuerdo, no deja de hacérseme extraño el consenso crítico que rodea Manchester frente al mar. Porque de entrada no parece un tiro seguro ni una propuesta infalible. En conjunto, sí, es innegable que es una película más que estimable. Pero los elementos que la componen son por separado, cuanto menos, conflictivos. Primero porque a simple vista puede parecer poco más que una tvmovie de lujo. Segundo porque si no es así entonces se encuadra en un cine casi igual de formulaico: ese que cuenta historias cotidianas más o menos desgastadas pero las reviste de un tono y una opción formal muy propias del cine indie americano. Tercero porque la película en ocasiones está a punto de caer en un tremendismo algo miserabilista o, por lo menos, en el relato de un hombre-desastre que canaliza la figura del loser para llevarlo hacia una suerte de dignidad, o de redención. Casi un lugar común.

Pero Manchester frente al mar, con todo, termina cuadrando. Aun con pocas películas en cartera, Kenneth Lonergan es un estupendo narrador. Lo demostró en Puedes contar conmigo y Margaret, ambas estupendas, y especialmente en el tiempo que se toma, tanto en contar sus historias como en dosificar su propia creatividad: de algun modo, el tiempo que ha pasado entre sus tres películas parece haberlo invertido en reposar su discurso, en buscar las soluciones narrativas más adecuadas para sus historias. En el caso que nos ocupa, un relato no lineal contiene esa tragedia y resurrección (o intento de), explicadas desde una lógica más emocional que cronológica. La afectación de la que podría caer presa la película está mitigada por la contención expositiva, por los matices interpretativos -especialmente de un sutil Casey Affleck– y por el control de los distintos tonos (drama, melodrama, comedia, costumbrismo). El posible automatismo formal no llega a aparecer gracias al tratamiento de la planificación en interiores (íntimos) y exteriores (luminosos, expresivamente marcados por el frío de la nieve perenne y las aguas heladas). Y de ese modo el autor puede encarar con honestidad y lucidez una exploración sentimental entorno a la culpa -por una negligencia fatal respecto a sus hijos-, el duelo -la pérdida de un hermano- o la responsabilidad -la tutela de un sobrino adolescente-.

Ciertos prejuicios iniciales, la rotundidad planetaria del consenso crítico y los primeros minutos de metraje podrían despistarnos y llevarnos a engaño. Pero pronto nos damos cuenta. Manchester frente al mar es como es y ahí reside su enorme atractivo. En presentar su realidad de manera austera, directa y honesta y en seguir haciéndola parecer atractiva. De notable alto.