Le llegó a Carlos Vermut algo parecido a un reconocimiento mainstream cuando, en 2014, estrenó su segundo largometraje. Habitual de los ambientes medianamente underground, responsable de unos cuantos cortos más que interesantes –Maquetas, Michirones-, autor de cómics en sus orígenes (Psicosoda) y objeto de un discreto -pero más que merecido- culto en el ruedo indie se había posicionado como definitiva figura relevante en el mundillo con su alucinante primer largo: Diamond Flash. Con Magical Girl, su segundo asalto, todos esperábamos que no perdiera su esencia, su gusto por lo sorprendente, su capacidad para sorprender. Y en absoluto. Refinó las formas, sí, pero sus capacidades creativas para lo perturbador, estimulante y original se mantuvieron intactas.

Aquí conjugaba las historia de tres personajes (magistrales Bárbara Lennie, José Sacristán y Luis Bermejo), outsiders cada uno a su manera, cuyas vidas terminaban cruzándose, conformando un rompecabezas narrativo casi, casi impenetrable. En ese casi estaba la clave del guión apasionante, único en su especie, de Magical Girl: porque parecía moverse en su propia órbita simbólica y referencial, entre los melodramas clásicos, los juegos de poder y sumisión, el anime, lo pulp y la farsa, pero al mismo tiempo resultaba extrañamente cautivadora e irrenunciablemente accesible. Quizá el secreto estaba en su fluido juego intergenérico, donde podían reconocerse códigos, respetados o transgredidos, del drama, el noir, el suspense, la comedia negra y algo parecido a un fantástico inquietante.

Esta libertad tonal y temática era reflejo del propio microcosmos que habitaban los personajes, seres que se movían entre el patetismo, la iluminación, el desespero y el caos más absoluto. Y con ella el director jugaba a la sorpresa, manejando una trama perfectamente delineada pero ejecutada con el desconcierto como emoción principal. Una historia elíptica, sugerente y con un planteamiento de los giros y la información perfectamente dosificado apoyado, por otro lado, en un apartado formal impecable. Magical Girl se sustentaba en lo visual mediante una puesta en escena cincelada con escalpelo, calculadamente fría y austera y un trabajo de fotografía e iluminación de una expresividad apabullantes.

Todo ello la colocó en una posición de rara avis dentro del cine español y, paradójicamente, la coló en las quinielas de los premios en su momento. Un movimiento crítico y popular poco habitual pero que aquí quedó plenamente justificado: junto con Història de la meva mort (Albert Serra) es probablemente la película española más fascinante de la década.

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