Asuntos internos: por cuestiones de tiempos de emisión ni Mad Men ni Breaking Bad iban a figurar en esta lista de lo mejor de la década. Ambas han tenido parte de su representación en ella, pero empezaron en la anterior, de modo que han sido dos productos muy a caballo. Al final nos hemos ablandado: la serie de Matthew Weiner terminó teniendo mayor presencia en esta década (su séptima temporada daba cierre a la epopeya en 2015) y al final le hemos concedido todos los honores. La de Vince Gilligan podría haber entrado, sí, pero en algún momento teníamos que darle a la tijera.

Como sea, Mad Men supuso la culminación de ese proceso de desestructuración de la figura masculina en el audiovisual norteamericano tan característica del inicio del siglo XXI. Que nadie se lleve a engaño: esto no era tanto un retrato de los ambientes publicitarios con base de operaciones en el Manhattan de los años 50 y 60 -que, obviamente, también- como un estudio de personajes profundo encuadrados en un momento histórico determinante para toda una nación. Muchos de ellos, lógicamente, marcados por un denominador común: el engaño, la falsedad, la máscara. La publicidad se convertía en un símbolo más o menos obvio (la venta de quimeras que en el fondo escondía realidades menos ideales) y era sólo el marco de existencia para unos personajes complejos. Frustrados, emocionalmente destartalados u obligados a adaptarse a unas convenciones sociales marcadas por el sexismo y la competitividad feroz.

En el centro de todos ellos se encontraba ese aparente héroe social que, en el fondo, era un gigante con pies de barro. Don Draper condensaba en sí mismo la gran mentira de la América post-Vietnam interpretando todo él un personaje (literal: en su juventud había llegado a suplantar y robar el nombre a un compañero de batalla) cuya mera existencia convertía todo lo que tocaba en una parodia: de marido, de amante, de jefe, de amigo. Su reflejo, tan interesante o más, tomaba las formas femeninas de su exesposa, de sus amantes o de su partenaire (una Peggy Olson escrita -e interpretada- por dioses) y terminaba de conformar un fresco entorno a las realidades de género en la sociedad de la segunda mitad del siglo XX y hasta nuestros días.

Matthew Wiener, psicópata genio y showrunner con principios creativos de granito volcaba todas sus filias éticas, estéticas e historiográficas en un producto de impecable factura técnica y literaria que pasará a la Historia como uno de los más elegantes y sutiles retratos sociales del mundo occidental contemporáneo, pero también uno de los más inteligentes e interesantes juegos de apariencias escritos en la presente era de la ficción audiovisual.

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