(Durante 2019 estamos elaborando un meta-ranking de lo mejor que nos ha dejado esta década en materia de cine, televisión, videojuegos, literatura, cómics y música. Una panorámica global que iremos construyendo a lo largo de doce meses de recapitulación…)

 

En tiempos de blockbusters de acción rendidos a la imagen digital esquiva e intangible, a la hipérbole fomentada por la borrachera de poder expresivo posibilitada por el CGI, Mad Max: Furia en la carretera pareció el movimiento más punk posible ejecutado por una saga cinematográfica casi perdida en el tiempo. No es sólo que esta nueva entrega llegara tres décadas después de la anterior –George Miller demostrando que las cosas las hace cuando a él le da la real gana-, es que lo hizo apelando a la brutalidad palpable de los efectos especiales prácticos, a la fisicidad de las persecuciones rodadas a partir de los años setenta en los policíacos de acción: sucias, rugientes, frenéticas e impregnadas del olor a gasolina y neumático quemado.

No sólo en eso resultó ir contracorriente Furia en la carretera. También osó apartar el foco de interés del macho testosterónico tradicional de Mel Gibson y suplantó a su (presunto) protagonista por un Tom Hardy a ratos enfundado en un bozal y a otros capaz de solamente gruñir sonidos casi ininteligibles. Para escarnio de fans hardcore y otros misóginos disfrazados de tradicionalistas aquí el show se lo robaba para sí una Charlize Theron monumental que construía un tótem de la modernidad cinematográfica y un improbable nuevo mito feminista, esa Imperator Furiosa cuyo drama y capacidad de liderazgo aún nos hacen sentir pistones hirvientes y rugientes bujías incrustándose en nuestras tripas.

Una figura icónica central en un producto doscientos por cien de género, no menos memorable: sobre el papel este era un viaje de ida y vuelta por el desierto a un millón de millas por hora a lomos de un regimiento de cacharros locos. Poco más. Pero en ese “del punto A al B y de nuevo al A” Miller lograba conjugar una épica epopeya de tintes operísticos, plagada de estímulos emocionales primitivos pero salvajemente puros y marcada por una puesta en escena por momentos casi experimental. Un adrenalínico, psicodélico vendaval en el desierto australiano (rodado en realidad en Namibia) que inventaba toda una iconografía, que disparaba imágenes y planos memorables a cada segundo, que estimulaba las retinas con su bestial uso del color y la luz y atronaba los tímpanos con su gargantuesca banda sonora. Un festival de carreras perfectamente coreografiadas, explosiones milimétricamente orquestadas y caligrafía de cámara bruta pero perfecta que utilizaban el slapstick como principal arma para recuperar una de las máximas aspiraciones de la imagen en movimiento: convertirse en el entretenimiento definitivo.

Con Furia en la carretera el arte del siglo XXI lograba el cénit de su maniobra estilística por excelencia: ser radicalmente moderno ignorando el futuro mientras insuflaba nuevo aire a las mejores cosas del pasado.