No sé muy bien si alguien lo esperaba, si había alguna especie de demanda popular, pero Luther ha vuelto a este mundo tras más de tres años de barbecho creativo. La sequía debía ser reparadora, después de una cuarta temporada más breve que el resto y muchísimo más enclenque en todos sus aspectos: la fórmula ya parecía gastada, el personaje tenía poco que ofrecer y el argumento parecía haberlo dicho ya todo. Y ahora, con esta quinta temporada despachada por la BBC en cuatro noches, la baja se confirma… pero no. Lo cierto es que, con todo, este quinto asalto del policía creado por Neil Cross no logra más que ser una sombra de lo que fue pero ha reunido el suficiente nervio como para sobreponerse al bajón y resultar, cuanto menos, interesante.

El esquema es el mismo, y lo cierto es que la serie funciona mejor cuanto más se apega a las líneas maestras del personaje y menos confía en la sorpresa de una trama criminal central más o menos canónica. Cross sabe que el interés de su criatura se encuentra especialmente en las subtramas de tipo más emocional y la dinámica entre ciertos personajes que en la investigación policíaca que sirve como motor argumental. Por eso la serie brilla más cuanto mejor está el propio Luther, mezcla de cinismo, de tormento por el pasado, de una pertinaz soledad muy hard boiled y de esa idea recurrente de vivir siendo un virus que infecta todo lo que toca. Un poco lo que nos encandiló en unas primeras temporadas de las que, esta quinta, conserva más o menos su núcleo temático: más allá de la descripción de creepos sicópatas con fetiches delictivos bizarros aquí lo interesante son una vez más esos juegos de poder y sumisión en estructuras basadas en el juego del gato y el ratón. O esa tensión permanente entre el deber y los bajos instintos, tanto por parte de criminales como de los propios protagonistas. O esa dificultad de la vida en sociedad y la injerencia de las relaciones afectivas en ese esquema. Y efectivamente cuando todo esto entra en juego Luther se despega de todo el resto de competidoras.

Por lo demás, la realización de Jamie Payne es más convencional de lo que ofrecía Sam Miller en las primeras temporadas, más empeñado en violentar el plano a través de la composición. Se mantiene alejada de filigranas compositivas, pero sigue resultando cruda, atmosférica y relativamente afectada. Lo justo como para resultar atractiva y no molestar en lo que realmente importa: esa nueva reformulación más o menos literaria del antihéroe del noir clásico a través de un ejercicio de violencia estilizada postmoderna. Bueno, eso y la apasionante relación patológica con cierta sidekick.