Como concepto de partida ya es estimulante. Artista joven con alma soul, casi recién llegado, se decanta hacia la vertiente más clásica del género y pasa sólo de puntillas por las corrientes actuales, esencialmente centradas en el urban y el r’n’b, que por otro lado son las que generan la pasta. Pero es que el resultado demostrado en su segundo envite tras Home Again (2012), además, es de ensueño. De delirio. Love and Hate es un festival explosivo de sonoridades soul puras, pasadas por un enfoque pop rock, de una intensidad arrebatadora. Un caudal expresivo que muestra a un autor seguro de si mismo y a quien no le tiemblan las canillas al apelar, en lo vocal, en lo melódico o en la parte de arreglos, a Sam Cooke, a Marvin Gaye, a Nina Simone, a Curtis Mayfield o a Otis Redding. Love and Hate suena moderno y clásico e intemporal al mismo tiempo. Marcado por una perfeccionista y cristalina producción de Danger Mouse que empieza a brillar ya desde el corte inicial, la alucinante epopeya melódica de casi diez minutos “Cold Little Heart”, sin duda uno de los temas más vibrantes del año. Una maravillosa balada epifánica que sienta las bases para el consiguiente carrusel de emociones casi melodramáticas que agarran al oyente para darle un garbeo imprevisible de soul, rock setentero y funk elegantísimo. Arreglos de cuerda de sedosa suavidad, coros femeninos celestiales, guitarras eléctricas nostálgicas visten canciones que hablan de la soledad, de la tristeza, de cuestiones raciales, de -obviamente- el amor y el odio. Y en el centro de todo ello, la interpretación de Kiwanuka, de una temperatura vocal y una versatilidad espectaculares. Love and Hate es un disco que acongoja y entristece, sí, pero que irremediablemente también resulta acogedor, mecedor y generador de una euforia incontenible.