Otro título de Beto para la saca. Hace escasas semanas dejábamos constancia de por qué El día de Julio era uno de los musts viñeteros de la temporada y ahora toca volver al mediano de los Hernandez para recalar en este tomo que guioniza él y dibuja otro grande: Darwyn Cooke. Aquí el tono se aleja un poco (un poco sólo) de las obras más significativas del autor de Palomar. Porque si bien en la obra de Beto ha sido habitual esa suerte de irrupción de lo extraordinario dentro de lo mundano, aquí el enfoque es casi directamente de ciencia ficción. La premisa argumental es más o menos convencional: en un pueblecito costero de Latinoamérica, tranquilo y con su propio ecosistema humano irrumpe, un día y sin previo aviso, un enorme orbe balnco flotante que, obviamente, trastocará la existencia de los habitantes. Una idea que remite casi a The Twilight Zone y que bajo la pluma de Hernandez termina desembocando en una tragicomedia donde, al final, casi lo único que importa son los propios personajes. Los autóctonos (en algunos de ellos sí reconocemos mucho a la fauna humana habitual del hispano-californiano: la chica de armas tomar, el viejo marginado que vive su vida tranquilamente, las pandas de niños) y también los que vienen de fuera (CIA y compañía), dispuestos a desentrañar las claves científicas o místicas de tan bizarro suceso y a ser engullidos de paso por el torbellino humano que representa semejante comunidad. El dibujo de Cooke, por su parte, añade atractivo naif, soltura y color al asunto mediante su característica estética casi cartoon, y se compenetra a la perfección con la historia, dando como resultado un todo ligero y agradable, pero en ningún momento banal. Y es que Los hijos del crepúsculo son cuatro números que se leen en un suspiro, que parece que no dejan poso pero que lanzan, como quien no quiere la cosa, lúcidas reflexiones entorno a lo científico y lo místico, la soledad, al relevo generacional y la fe de quien quiere ver pero no ve, y a la inversa.