En cierto momento de Los caballeros blancos, ya penúltima película del belga Joachim Lafosse (Propiedad privada, Perder la razón), el protagonista, miembro de una ONG encargado de rescatar huérfanos de la guerra civil en el Chad, negocia con el jefe que deberá confiarle los niños. La transacción es simple: el francés paga una cantidad, el jefe le cede los niños. De pronto, cae en la cuenta: dicha operación es un puro trámite burocrático, pero poco diferencia ello de la compraventa de vidas humanas. Desesperado, trata de hacerse entender, ante el jefe, ante sus compañeros y especialmente ante si mismo. Quiere dejar claro que no está pagando por vidas humanas, está pagando porque es necesario para salvarlas. Pero la escena deja en el espectador y en los propios personajes una sensación de malestar, de incomodidad ética, y planta la semilla de la duda moral que empapa este drama en África central. Una propuesta que se fija en la ayuda humanitaria, pero también que la pone en crisis. O que por lo menos se interroga activamente sobre ella. Los caballeros blancos no es un prodigio de sutileza, pero sí contiene un evidente enfoque crítico. Es una película cargada moralmente, genera dudas éticas y se cuestiona entorno a las intervenciones occidentales.

Y lo hace a través del personaje protagonista, un Vincent Lindon tan poderoso como siempre, que puede con todo y encaja a la perfección en el papel de un tipo cuyas buenas intenciones terminan mutando en perplejidad ante las consecuencias que estas generan. Y que aun así no logra evitar llevarlas hasta sus últimas consecuencias, aunque culminen en un final durísimo y desesperanzado. Así es un poco esta película. Áspera y severa… y a pesar de ello no necesariamente sobredramatizada. Lafosse se aleja conscientemente de maniqueísmos y de miradas simplistas, no cae en torpes espectacularizaciones, pero al mismo tiempo mantiene un sentido muy cinematográfico de la puesta en escena, alejada del reportaje y visualmente competente. Una película notable por sus ingredientes narrativos y formales, pero especialmente por confiar en el poder revulsivo de un tipo de relatos que en la mayoría de los casos juegan sobre seguro: lejos del buenismo, Los caballeros blancos desprecia la condescendencia occidental y nos escupe a la cara nuestra arrogante superioridad moral sobre los países del llamado tercer mundo.