Aunque a priori podría parecer un movimiento prudente, el debut literario de Garth Greenwell es mucho más que una novela breve estructurada en tres bloques controlados y con un escaso plantel de personajes: es un salto sin red hacia los confines del afecto de un impacto y fuerza emocional brutales. Lo suyo es un relato descarnado y directo en el seno de una relación turbia y pura a partes iguales. La que mantienen el protagonista, narrador y única voz, y su amante mucho más joven. Un profesor norteamericano residente en Sofía y un gigoló búlgaro que juegan a ser unos Gustav y Tadzio contemporáneos en un antiguo territorio comunista. El primero, discreto, retraído, marcado por una infancia complicada, pisoteado por el recuerdo de un padre represivo. El segundo, abandonado a una vida díscola y casi decadente, perdido entre sus propios deseos y sus necesidades de subsistencia.

Con un lenguaje tremendamente preciso Greenwell desarrolla una prosa casi sensorial. Espeja los sentimientos y las reacciones de sus personajes en ambientes oscuros, en lugares tristes, en el más cerrado frío de la Europa del este. Proyectando los deseos y frustraciones sobre imágenes de los edificios esquinados y las estructuras mamotréticas de la arquitectura comunista. De este modo en ocasiones ni siquiera necesita explicitar lo que ocurre, sólo sugiere y transmite sensaciones. En otros momentos, sin embargo, resulta directo, rico en detalles y franco en la descripción de un tipo de relación proscrita en la sociedad en la que tiene lugar. Con ello el autor otorga al sexo una innegable preeminencia y representa el intercambio carnal como una demostración de afecto o camaradería, como un instrumento de agresión emocional y como una herramienta de política sentimental. La que capitaliza toda la historia de Lo que te pertenece es una relación física dura, tierna, sincera, manipuladora y, al fin, infecciosa y enferma. Pero que también resulta preludio o contrapunto del amor, el engaño y la lástima. Sentimientos intensos que trata con verdadera capacidad de resonancia para conducir al lector hacia un final inevitable empapado de una infinita tristeza.