Emil Ferris ha supuesto un terremoto salido de ninguna parte. Terremoto porque ha puesto patas arriba el mundo editorial comiquero, por lo menos en su vertiente más o menos underground. E inesperado porque su explosión mundial la ha dado a una edad relativamente avanzada para empezar en el mundo del tebeo (55 años) y sin antecedentes conocidos. Lo que más me gusta son los monstruos es sólo un debut, pero su impacto y sus capacidades narrativas y gráficas son propias de una autora con décadas de viñetas cargadas al lomo.

Lo primero que impacta -y, seamos sinceros, lo que queda en la memoria- es su exuberante estilo visual. La presentación emula la de un grueso cuaderno de espiral, y el trazo está realizado mayormente a bolígrafo y lápiz, oscilando con una fluidez libérrima entre el esquematismo más cartoon y una suerte de hiperrealismo que parece difícil de creer. El dominio de la luz, de la expresividad, el cuidado del detalle en los dibujos más puntillistas es simplemente asombroso. En ocasiones directamente absurdo. Cada página es en sí misma una obra de arte con decenas de asideros distintos a los que agarrarse, una exhibición expresiva torrencial y un ejercicio de elasticidad plástica hipnótico. En ellas cabe el clasicismo y la experimentación, las composiciones más regladas y la narrativa de página completa, la construcción de ambientes y la plasmación gráfica de puros estados de ánimo.

No es menos fascinante la historia que narra, aún incompleta (el segundo volumen está al caer), de fuerte componente autobiográfico y siempre sumida en un misterio que deja entrever cosas terribles, asuntos escabrosos y vivencias traumáticas. Pero esto no es un drama tremebundo: bajo la apariencia y asumiendo ciertos códigos de las novelas pulp de mitad del siglo XX Lo que más me gusta son los monstruos hace de su joven protagonista una antiheroína absoluta. Una amante de las novelas de detectives y de los monstruos clásicos del cine que empieza a investigar, en pleno momento crítico de su formación como persona y de la sociedad norteamericana (los delicados 60), el asesinato de una vecina. Con esto la autora parte de lo escabroso para urdir una trama a medio camino del espanto y la inocencia, llena de intrahistorias, subtramas que van por libre y pequeños hilos narrativos que complementan el principal, que hacen implosionar la historia hacia las interioridades de una auténtica parada de los monstruos cotidiana.

Y no resulta Lo que más me gusta son los monstruos una lectura fácil ni complaciente, ni por demasiado amable ni por excesivamente tremendista. Es, de tan sutil, casi esquiva. Y de tan orgánica casi deslavazada. Pero eso hace de ella una novela gráfica fascinante e hipnótica, repleta de detalles, lecturas posibles e ideas disparadas con la autoridad propia de quien ha vivido y ha reído y sufrido mucho.

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