A George Saunders le conocíamos especialmente por su narrativa breve. Tanto Pastoralia como Diez de diciembre eran brillantes colecciones de relatos cortos que lo coronaban como un autor tan imprescindible como esquivo al formato largo: le teníamos ganas pero no terminaba de arrancarse. Hasta que llegó Lincoln en el Bardo. Y con él lo rompió todo. Primero, por la sacudida estilística que comprende. Segundo, por su fondo, tremendamente emotivo. Respecto a esto, la novela retrata el pesar de Abraham Lincoln no tanto como figura capital en la historia reciente del mundo occidental (que también) sino, especialmente, como padre. Saunders narra las visitas periódicas del presidente a un hijo moribundo, que existe en una especie de limbo poblado por todos los que van a morir, en un tiempo especialmente dado a ello: el de la Guerra Civil Americana. Es ese Bardo del título, el no-lugar suspendido en el tiempo donde se agolpan todos los (muchísimos) protagonistas de la novela. Cada uno de ellos con una voz propia y única.

Y bien, un estudio de personajes superlativo, de una riqueza impresionante. Pero lo que de verdad asombra en Lincoln en el Bardo es su aplastante estilo, que apela al clasicismo de la novela fragmentaria (pongamos, la epistolar), a través de una maniobra de postmodernidad salvaje, libre, lúdica y decididamente impactante. Saunders no se agarra a un fujo argumental convencional, sino que narra la historia a través de una, digamos, polifonía multitonal. El texto está construido mediante cientos de citas breves, algunas de ellas extraídas de escritos reales de la época, otras directamente inventadas por el autor. De este modo se conjugan los extractos de estudios, reales o no, entorno a la figura del presidente con citas directas de los personajes. Fragmentos de escritos propios de hemeroteca con diálogos encontrados o surgidos de no se sabe muy bien dónde (a pesar de estar todos y cada uno de ellos debidamente acreditados). El resultado es un deslumbrante fresco que va creciendo a base de añadir pedacitos a su discurso elemental.

De este modo Saunders nada entre estilos y tonos, afila el drama más íntimo y de ahí salta a la comedia bufa; de lo particular va a lo coral, de lo riguroso a lo puramente festivo. De la pena al gozo. Todo ello consecuencia lógica de esa estudiadísima hiperfragmentación que no deja de ser reflejo de la tendencia narrativa más contemporánea. Aunar eso con el aliento de novela clásica es el gran logro de este libro exuberante, ingenioso y osado, poco amigo de la lectura rápida e irreflexiva pero definitivamente adictivo una vez se ha rendido el lector a su casi ofensiva inteligencia.

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