Planteado como un homenaje del autor Florian Veltman a su abuela, Lieve Oma es en realidad una carta de amor, o de agradecimiento, a todas esas abuelas que están ahí, dispuestas a escuchar y a comprender a sus nietos y, si hace falta, también a convertirse en el bastión de según qué tormentas. Es este un juego absolutamente minimalista, que ofrece una narrativa minúscula y un desarrollo lúdico articulado en dos líneas temporales pero casi inexistente: pasear y charlar por un bosque otoñal mientras se van recogiendo setas sin que nada de ello suponga ningún reto de habilidad ni inteligencia para el jugador. Porque Lieve Oma no va de eso. Es más la expresión de un sentimiento a través de un formato interactivo que pretende contar la relación entre una niña y su abuela, y de cómo ambas tienen un ritmo de vida distinto (por mucho que el jugador-niña corra, la abuela nunca acelerará su paso) pero que a pesar de todo se dirigen hacia un mismo destino. Un destino que se puede capear o retrasar, pero que siempre es único: al jugador no se le dice qué debe de hacer ni a dónde debe ir. Sólo se le sugiere un camino por el que previsiblemente transcurrirá el paseo, pero es libre de ir por ahí a corretear, a explorar, a buscar esos ítems que el juego le asigna (casi en una parodia de un gameplay tradicional: encontrar los citados champiñones diseminados por el suelo… y ya está). Pero siempre terminará volviendo a la compañía de su abuela. Porque ahí es donde está el meollo de la cuestión. En las conversaciones, sutiles y dosificadas, que mantienen ambos personajes. Un diálogo centrado en el backstory de la niña que nos va descubriendo en qué circunstancias de descoloque afectivo se encuentra. Esto es, al fin y al cabo, una nueva manera de enfocar un tema casi universal: el de los hijos como víctimas de los asuntos emocionales de sus padres. De modo que Lieve Oma es una experiencia jugable muy desnuda y austera, basada en la repetición y en los cambios mínimos, dedicada a construir retroactivamente un argumento apuntalado en no más de un par de ideas. Pero buscando precisamente eso y a sabiendas de que la gran mayoría de jugadores no van a entrar en su filosofía poética, es una propuesta sugerente que podría recordar vagamente a una versión muy lo-fi de Journey y que deja que el jugador que sí conecte saque sus propias conclusiones mientras se deja mecer por sus planteamientos estéticos sosegados, calmos y de una belleza visual y sonora que masajea el alma, cosquillea el cerebro y relaja la musculatura.