Pongámonos pejigueros, porque así es como tenemos que ponernos si queremos ponerle algún pero a una carrera tan deslumbrante como la de PJ Harvey: justo antes de Let england Shake sus discos habían perdido un punto de inspiración (Uh Huh Her) y otro de fuerza (White Chalk). Eran buenas grabaciones, por supuesto, pero el golpe en la mesa que dio la británica en 2011 demostró que la perfección absoluta se había mantenido a la espera desde Stories From the City, Stories from the Sea. Se desató de nuevo con este disco, nanométricamente equilibrado en lírica, fuerza melódica y poderío sonoro. Y que contenía un poso reivindicativo más musculado de lo que nunca se había intuido en el ya de por sí guerrero currículum de la autora de Rid of Me: el fantasma de la guerra, de la conquista bruta, del salvajismo y la carnicería colonialista se escurría por los surcos de un disco ideológicamente encendido y literariamente airado.

En efecto, la guerra parecía ser uno de los leit motivs de un disco enfebrecido y que no se cortaba en detalles dolorosos y momentos oscuros. Una guerra (concretamente la Primera Guerra Mundial) que traía consigo toda la perdición y muerte que rodea cualquier visión no romántica del choque bélico, o del sometimiento armado. Una vez más, las letras de Harvey violentaban, ponían contra las cuerdas, evocaban toda la crudeza de las trincheras y hacían extensivo ese zeitgeist tan 1914 hacia el resto de lugares y momentos: Let England Shake nos recordaba que este tipo de conflictos no entienden de coyunturas históricas ni de nacionalidades, que son pivotales a Estados Unidos tanto como a Gran Bretaña. Europa, América, Oriente Medio y África en un mismo discurso de culpa y autocrítica.

En lo musical, y con el apoyo de John Parish y Mick Harvey, el alt-rock marca de la casa se fusionaba con trazos (no inéditos en la discografía de la artista) de folk europeo, con flecos de algo lejanamente tribal, con una cierta tradición western, con un pop medio reptante y con varias tonalidades calidoscópicas aportadas por saxos, autoarpas y otros instrumentos a priori ajenos al discurso pop. Vientos, pianos y mantras vocales se combinaban en una increíblemente audaz concepción de un nuevo rock que sonaba a universal, a intemporal. O a atemporal más bien, perdido en un limbo fuera de la Historia, pero al mismo tiempo íntimamente ligado a ella. Todo cohesionado por la imponente, autoritaria voz de una Polly Jean cuyo estado no me atrevería a calificar de agraciado, porque este parece ser su situación natural desde hace ya Dios sabe cuánto. El resultado, un disco no sólo soberbio sobre el papel sino también hechizante y cautivador en sus sucesivas escuchas, tan nutritivas como accesibles, algunas de las mejores de las que seguimos gozando hoy, ocho años y pico después de su aparición en nuestras vidas.

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