La sombra de Lost es alargada. Tras el relativo tropiezo que significó su salto a la gran pantalla como guionista de Prometheus, los ojos de todos estaban sobre Damon Lindelof tras anunciar el que sería su siguiente proyecto televisivo. A simple vista, se trataba de otro high concept: una comunidad debe de reconstruir sus vidas tras un evento global e inexplicable en el que desaparece, de un plumazo, el 2% de la población mundial. A pesar del sello de calidad que garantiza la HBO, y de las delicias narrativas a las que nos tenía acostumbrado Lindelof, algunos temíamos que todo terminara siendo otro drama humano de supervivencia post-apocalíptica del montón. Nada más lejos de la realidad. The Leftovers resultó ser todo lo contrario: una profunda exploración de lo que significa la pérdida, el redescubrimiento de la condición humana, y la recomposición de los lazos que se han roto. Todo ello envuelto en una narrativa de un calado moral y emocional como pocas series han logrado nunca. Siempre impredecible en su desarrollo, The Leftovers empezó siendo una serie sobre una comunidad descompuesta que desea olvidar el pasado, y sobre aquellas personas que, buenas o malas, creen saber cómo reconducirla. Sin embargo, y sobre todo a través de un impresionante desarrollo de personajes, la serie tiende lentamente hacia otros derroteros. Las vidas de los Garvey, la familia en la que se centra la mayor parte de la serie, se disuelven y se regeneran ante nuestros ojos. Nosotros, mientras  tanto, asistimos al exorcismo de sus demonios, y al replanteamiento constante de los principios que los definen como seres humanos. Y así, a fuego lento y con buena letra, The Leftovers nos va revolviendo por dentro haciéndonos cuestionar, capítulo tras capítulo, algunas de las preguntas más importantes sobre nosotros mismos: por qué nos juntamos, por qué nos separamos, y por qué nos empeñamos en sobrevivir.

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