Había ganas de ver qué más tenía que contarnos la realizadora y guionista Debra Granik, tras esgrimir músculo narrativo con el fibroso drama neonoir Winter’s Bone y el documental motero Stray Dog. Con Leave No Trace parte de una novela de Peter Rock para volver a la América profunda con un pie en el mundo rural y, una vez más, retrata a una menor obligada a hacerse adulta por culpa de las irresponsabilidades de sus seres más cercanos. En esta ocasión se trata de una adolescente que vive apartada de todo, en un boscoso parque público de Portland, con su padre. Ambos llevan una vida outsider, al margen de la sociedad y con limitadísimos recursos, hasta que la policía los descubre y son obligados a reubicarse. A incrustarse en un mundo que les resulta ajeno, regido por reglas más genéricas y convencionales que basadas en las convicciones del individuo.

El gran acierto de Granik es aproximarse a la situación, y a sus personajes, con un enorme tacto y elegancia, sin sentimentalismo ni banalizaciones de la pobreza. No polariza, no genera bandos. Sólo muestra a dos peces que no están cómodos si nadan fuera de su charca y los rodea de un montón de elementos secundarios que, simplemente, están ahí: nadie ataca a los protagonistas, nadie pretende marginarlos. Porque la realizadora cree que la sociedad no entiende de buenos y malos. Sólo de gente que pretende vivir de manera tranquila y sin molestar. Y de otra gente que puede ayudar por convicciones o, simplemente, porque es su trabajo. Por ello resulta este un relato sereno e íntimo, conectado con la naturaleza y cimentado, a nivel emocional, en los silencios. Especialmente en la complicidad de dos personajes insospechadamente poderosos apoyados en dos interpretaciones no menos contundentes: la adolescente Thomasin McKenzie y el casi nunca suficientemente valorado Ben Foster. Una película, en fin, reflexiva y a medio camino del optimismo y la rendición. Calladamente emotiva y tan frondosa en sugerencias formales como los propios bosques que transita.