Desde Tabú que esperábamos con ganas lo nuevo del portugués Miguel Gomes. Por el camino entregaba el mediometraje Redemption, pero no ha sido hasta esta monumental Las mil y una noches que de verdad hemos visto satisfechas nuestras expectativas. Y poco nos podíamos imaginar lo bien que saldría la cosa, una enorme película episódica, dividida a su vez en tres entregas (El inquieto, El desolado y El embelesado), que pretende radiografiar la Europa contemporánea en general y la sociedad portuguesa en particular. A partir del préstamo del formato episódico de la Las mil y una noches clásica y vertebrada por los cuentos que relataría esta suerte de Sherezade, la película se dice inspirada por hechos reales ocurridos en Portugal, entre 2013 y 2014. Durante un periodo en el que, como reza el texto explicativo el país fue tomado como rehén de un programa de austeridad económica ejecutado por un gobierno aparentemente entregado a la justicia social. Como resultado de ello, la mayoría de portugueses cayeron en una cuasipobreza. Las mil y una noches se presenta como un enorme lienzo expresivo donde, libre de ataduras estilísticas y de tono, Gomes da su visión de la cuestión. Un conglomerado de géneros que alterna drama social, comedia, sátira, surrealismo, melodrama y costumbrismo en una especie de mezcla donde la ficción quiere expresar, de manera más directa o más simbólica, una realidad muy concreta. Y para ello el director se sirve de microhistorias protagonizadas por obreros, especuladores, marginados sociales, miserables, jueces y gente corriente. Se detiene en los habitantes de un bloque de pisos, en inmigrantes portugueses en Bagdad, en trabajadores que se manifiestan, en mujeres maltratadas, en criadores de pinzones o en un perro doméstico. Esto es una celebración de la vida, del hecho narrativo y del cine, que captura los males de la sociedad contemporánea, pero también las pequeñas curiosidades más mundanas. Y que lo hace de manera libérrima, mezclando momentos históricos, dislocando personajes antiguos para reubicarlos en la actualidad, inventando tiempos que no existieron, o que existieron de un modo distinto. Gomes se suelta, aleja su discurso y su enfoque de la excesiva intelectualización y factura un cine popular que sin embargo no renuncia a ser simbólico y alegórico. Una pequeña maravilla que debería llegar a todo el mundo, por necesaria pero también por disfrutable.