Aún le falta al joven Bi Gan para consagrarse como uno de los grandes directores chinos contemporáneos. Pero es más por falta de filmografía que por talento: su currículum sólo cuenta con dos títulos, pero ambos son interesantísimos. Vamos, que lo de Kaili Blues no fue una casualidad, ni un golpe de genialidad fortuito, sino los cimientos de una personalidad fuerte y marcada, como viene ahora a confirmar este Largo viaje hacia la noche cuyo título internacional (Long Day’s Journey Into Night) podría conducirnos erróneamente hacia Eugene O’Neill y Sidney Lumet. En absoluto, esto no tiene nada que ver con aquella salvo, quizá, una voluntad de radiografiar ciertas pasiones humanas escarbando entre las relaciones, no siempre claras, entre las personas.

Y si algo caracteriza a esta Largo viaje hacia la noche es eso. Que juega a la confusión. Que no plantea una historia lineal ni la desarrolla de manera convencional. Al contrario, Bi Gan sitúa en el núcleo dramático a una pareja con una historia común (a ratos de amor encendido, a otros de distanciamiento) y hace orbitar entorno a ellos una trama diluida, más sugerida que telegrafiada, en la que se mezcla crimen, pasión y viajes metafísicos. Rodeada del mismo misterio, entre cotidiano y onírico, que estaba presente en el debut del director y situada también en el municipio chino de Kaili, la historia de los protagonistas apela más a lo sensual que a lo racional. Se pierde conscientemente en sus propios meandros temporales (evita la linealidad cronológica) y juega a la ambigüedad en virtud de las sensaciones.

Unas sensaciones muy trabajadas desde el apartado formal, marcado por un espectacular plano secuencia de casi una hora de duración. Y cimentado en un estupendo trabajo cromático, un inmersivo sentido de lo atmosférico y un interesante juego de localizaciones, que contribuyen a construir distintos ambientes emocionales. Desde las noches de neón y calderilla del Wong Kar-Wai de Chungking Express hasta los exteriores rurales fantasmagóricos de Apichatpong Weerasethakul.

Más allá de referentes externos, sin embargo, Largo viaje hacia la noche tiene un gran bastión estilístico en el que apoyarse. Y ese es el enorme talento escénico (también narrativo) de su emergente, virtuoso realizador, quien con los treinta aún por cumplir ya tiene en su haber un dos de dos, y las que vendrán.