Lejos de aspirar a la trascendencia, Lady Killer es un pequeño y dulce refresco veraniego. De los que burbujean, quitan la sed y dejan buen sabor de boca, aunque no alimenten tanto como otros. Qué más dará, tratándose de una historia con dos únicas grandes aspiraciones: entretener sin sacrificar neuronas por un lado y homenajear el género negro clásico por el otro. Así está el tema. Esta breve novela gráfica orquestada por Joëlle Jones (quien además de coescribir, también dibuja) resulta en una trepidante aventura noir que se desarrolla en la Norteamérica de los años 50. La del American Way of Life. La de Avon llama. Donde Josie, una ama de casa amorosa y diligente, es en realidad una asesina a sueldo con muy malas pulgas. Madre de gemelas y dedicada esposa a ratos, hitwoman sanguinaria a otros. Todo ello funciona como más que probable alegoría sobre las luchas diarias de una ama de casa, especialmente en un mundo tan falocéntrico: una nueva historia de mujer fuerte que se ve obligada a guardar las apariencias por culpa de una visión acartonada de los roles sociales. En este caso, con el atractivo de ese puntito inmoral de una antiheroína que tanto se encarga de asesinar a un magnate sin escrúpulos como dejar huérfano a un pobre niño. Por eso, en esencia Lady Killer es un thriller pulp. Un relato negro que suelta gotas de costumbrismo doméstico mientras se arranca con momentos de acción brutal muy bien orquestados. Una narración limpia, clara, trepidante pero nunca atropellada. Bondades de una Joëlle Jones que apela en su trazo al tebeo de los 50 y los 60 aportándole una considerable versatilidad y elasticidad, más propia de los modelos actuales.

Auspiciada en su edición original por Dark Horse, Panini publicaba hace unos meses el primer arco argumental de Lady Killer. Este mismo mes, Dark Horse acaba de fletar un segundo volumen. Y con un primer número en el mercado la cosa pinta aún mejor: Josie está más desatada y sus oscuros secretos parece que van a saltar para morderle el trasero. Motiva.